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Entradas de la categoría ‘Cuento’

11
abr
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Adiós letrero

Domingo Michelli (Venezuela)

Buenastardes señorayseñore pasajeroj. Porfavor esas buenas tardes…. Gracia poresas buenastarde. Bueno la verdá no quisiera fastidiarlos nincomodarlos yoséquesto fastidia. A veces uno está enuna camioneta y se montan como cuatro pana por viaje, así, a mostrar fotos de niñasyniños enfermas y la verdad es que ya nadie losmira ni lesda nada… La verdá, es que ya nadie se comesecuento ¿Usté no se lo come verdá seño? Nuez quiuno sea malo o sihaya vuelto malo, o quiauno nolimporte la gente, peroes como todo pue’ uno también se cansa ¿no? Fíjense quelotrodía se montan unos panitas y con unas franelas Quisilver, con un rollo de-que-venían de Margarita y queran surfistas, quique los habían invitado a surfiar en la Guaira los de lalcaldía y yestán jodíos porque dejaron las vainas enel carro y les robaron todo toditotodo. Entonces yque andaban con unas chamas y se tenían quequedar en una pensión malamuertosa porque el refugio que lesofrecían no era seguro pa’las chamas y: una pequeña colaboración asíde-loquesea migente. Psst yo nosé-qué-pa-só, que me fui de boca y les di mil bolos… un bolo… y tooodoelmundo en la camioneta les dio. ¡Claro! Atodas estas loschamos se bajaron muertuerisas porque lo que les dieron unOscar porsu chow…  Quiénsecree se-mojón ¿son todos huérfanos acaso? Qué, no tienen ni un primo, umpana que les pueda mandar una platica, malquesea prestada, o ¿no pueden llamar alguien que los venga y losalve?  ¿Ah flaca? Sí, supongo questo de las camionetas da plata… Bueno, sele-saca, uno sinventa elcuento que-es, bueno… Leer más »

11
abr
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El año de la Serpiente

Enza García Arreaza (Venezuela)

2002, Caracas

A veces pienso que lo único importante que hacemos en esta casa es comer. No somos gordos, pero todo parece girar alrededor de ese estridente momento, donde engullimos grasosos bocados y nos odiamos en secreto y queremos desaparecer. De paso, cuando la muerte está así de cerca, lo digo en el caso de mis padres, cualquier cosa sirve para creerse el héroe del día. Mi madre, por ejemplo, actúa como si hubiera dado con la cura del cáncer cada vez que pone la mesa. ¿Ese es mi futuro? Tengo quince años y no creo en el futuro.

Pero a mi hermano mayor lo asesinaron en una manifestación. Entonces dejamos de comer juntos.

2017, Lisboa

Me casé con un compañero de la universidad, cometimos un error en los cálculos y primero vino un niño y después otro. Ellos tienen diez y siete años, el varón y la hembra. En la boda sonó un vals de August Nölck, todavía lo oigo a veces. Empecé a sospechar cuando noté que se ponía nervioso mientras trabajaba en su novela. Es evidente, casi estúpida, la forma en que el lomo de un ser humano se tensa cuando está chateando con alguien especial. Monté la cacería y luego de las pesquisas correspondientes, descubrí que Ismael se había citado con una alumna del postgrado. A los tres días de batalla no pudo negarlo más:

–Me gusta. Es brillante.

–Ah, es brillante, no es que te la quieres coger.

–También me la quiero coger, pero me llena en otros sentidos. Leer más »

11
abr
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Dos tazas de café antes del trigésimo paso A-1/ Diciembre 2005

Mario Morenza (Venezuela)

Apoyarme en el balcón toda la vida fue un acto religioso. Un ritual equivalente al acto, teatral algunas veces, de señoras emperifolladas que han de inclinarse en los muebles de la Iglesia, mientras el cura recita versos ininteligibles (al menos para mí) de la Biblia, llenos de parábolas sabias, consejos milenarios que, con el transcurso de los siglos, no logran desenredarse (al menos para mí). Imagino a estas señoras ponerse de pie. Estrechar palmas con el vecino más próximo. Secarse la cara enjuagada de lágrimas propias y ajenas. Después de este inalterable acto, de tarde en tarde teatral y ridículo, las lágrimas vuelven a sentarse en pañuelos arrugados o van a morir junto con sus hermanas de agua a cualquier manga de seda oscura, con olor a guardado. La diferencia entre la manía de mirar el mundo desde mi balcón y esta variante parroquiana del yoga, es que mi música de fondo no son las letanías celestiales. Y no tengo idea de por qué.

Escucho carreras de caballo y programas especializados en hipismo durante todo el día. Estoy obsesionado con las carreras de caballo. Sin embargo, tengo quince años que no sello ni un 5 y 6. La abstinencia absoluta. Es como ir a una licorería y mirar las botellas de vino, whisky y vodka y jamás atreverse a comprar ninguna. Al menos reconozco mi mal. No se trata de una promesa en busca de algún milagro esquivo, de alguna cruz o ungüento purificador. La paradoja es absurda y está teñida de una constante de derrotas. Digamos que toda mi vida le aposté al caballo equivocado. No el perdedor de los perdedores, ese que siempre se traga el humo de la ambulancia, no. Toda mi vida le he apostado al caballo que siempre estuvo a punto de ganar. Finales de fotografía. La antítesis del fanatismo, seguro pensarán aquellos a quienes le confío mi hazaña descolocada. Yo le llamaría una metáfora a la vida de un fanático de la gloria casi alcanzada. Estoy enviciado con paradojas absurdas y no tengo idea de por qué. Leer más »

15
mar
Víctor-Alarcón

Saly, el judío errado

Víctor Alarcón (Venezuela)

Así es: la sencilla autosatisfacción de la mujer universitaria, cuando puede hacer y deshacer como mejor le parezca. Sin ataduras, sin dificultades, sin otra responsabilidad que ir a un par de clases y lucir su cuerpo a través de los pasillos. Esos años en los que puede andar despreocupada sin tener que dedicar demasiado tiempo a un novio, ni tampoco tiene la exigencia de trabajar o estar encerrada en una casa. Cuando todo cae como tiene que caer, donde tiene que caer y con la gracia que debe caer para mover todos los ojos hacia el gracioso concierto de curvas que van contoneándose entre las ráfagas de luz. Sin importar si es la elegante y estirada estudiante de Relaciones Industriales o la intensa con lentes de la Escuela de Letras o la sutilmente complicada de Psicología. Todas tienen algo en común: la libertad y la belleza, como si éstas fueran un par de accidentes que acaban de cruzarse frente a sus carros o algo felizmente hallado al fondo de sus carteras.

Mario y yo nos dedicábamos a verlas pasar frente a nosotros como si fueran ninfas luminosas que rara vez torcían sus ojos hacia nuestras caras. Si lo hacían parecía un accidente, una equivocación, una curiosidad tonta. Entonces tratábamos de saber cuál era más fácil que cuál, o quién era más atrevida, mientras hacían sonar sus tacones o pasaban con un hombre de adorno en el brazo. Nosotros, copiando a Cabrera Infante, las observábamos y decíamos en voz baja, con nuestras manos sobre la boca:

—Se acuesta. Leer más »

15
mar
Reinaldo-Cardoza-Figueroa-(foto)

Ciudad de agua

Reinaldo Cardoza Figueroa (Venezuela)

La tinta es vulnerable; escribo estas líneas consciente de ello. Se sabe que la tinta tiende a deteriorarse sobre el papel cuando se somete a la acción de algún líquido (o del tiempo); también del agua, claro. Las palabras desaparecen, los trazos se vuelven indefinidos, la tinta se diluye, lo que era marca se disgrega. Entonces la hoja parece el rostro de una mujer que llora, y las lágrimas se convierten en gotas negras. Trato de adivinar el modo en que se podrá leer este manuscrito debajo del agua; sólo eso me ha detenido antes de sumergirme; cuando encuentre la respuesta tendré la libertad de dejarme hundir.

El viento arrastra un olor a fango, es una brisa que se desliza entre lo perceptible y lo imperceptible, casi un rumor. Permanecemos de pie, mirando al frente. Imaginar que el terror tiene esta quietud, la calma del agua. Es una fragancia fría. La madrugada se detuvo; es eso, se detuvo ante esto que miran mis ojos. A nosotros también nos ha detenido la noche. Pienso que en cuanto sea capaz de leer lo que escribo debajo del agua, podré sumergirme.

El movimiento del bus produce en mí un estado de somnolencia que se prolonga hasta el final del viaje. Yo me entrego a ese sueño traslúcido como una bolsa plástica. Estoy a bordo de un autobús expreso que tomé en la estación privada de Rodovías en Caracas y me llevará a mi casa en la ciudad de Cumaná; son siete largas horas de viaje. (Acá solemos medir las distancias no en kilómetros, sino en horas). Voy como dopado, con mi cuerpo a favor de la gravedad, con el peso que da sentirse sueño atado a la realidad. Pienso que han sido las tres noches de mal dormir en el hotel; nunca se duerme en otro lugar como en la propia cama. (El bus avanza a través de la carretera, entre los árboles que forman un espeso túnel. Aparto la cortina de la ventana y veo el follaje como líneas verdes que se desplazan velozmente). Debe ser por eso que me siento extraño donde quiera que voy, un extranjero solo en medio de la lejanía. Leer más »

15
mar
Liliana-Lara-(foto)

Trampa-jaula

Liliana Lara (Venezuela)

Una gotera no era de extrañar. Su puntería golpeaba resueltamente en una olla de peltre que había puesto un empleado del hotel para impedir que la alfombra se siguiera mojando. La lluvia afuera era opaca, vaporosa y a la vez violenta. Las ramas arañaban la ventana de su habitación pero poco le importaba a él, que ya había revisado los pronósticos del tiempo desde su teléfono, descartando tormentas tropicales y posibles catástrofes de la zona. El cuarto era confortable, después de todo, con esa ventana selvática y un aire acondicionado potente. El recepcionista le había ofrecido cambiar de habitación, pero él no había querido arriesgarse a un cuarto más caliente o que tuviese una ventana que mostrase otras ventanas o los techos de zinc de las casas céntricas que aparentaban ser coloniales. Así que se quedó allí, con el tic-tac del tiempo marcado por los golpes del agua en una palangana blanca, augurando el insomnio.

Apenas llegó a la habitación observó por aquella ventana que todavía las ramas de los árboles seguían llenándose de pájaros a cierta hora de la tarde; pájaros negros cuyo nombre siempre le fue desconocido. Tordos — pensó. Buscó la palabra “tordo” en su teléfono y le sorprendió saber que se refería a muchos y variados tipos de pájaros e incluso a algunos peces.  Le gustó la amplitud del significado, le pareció que era lo que le correspondía a tal cantidad de pájaros negros, anodinos, sin ninguna seña que los rescatara de ser sólo un pelotón anónimo y gritón. Entonces recordó a aquel turpial que su padre había comprado en la carretera hacía muchos años. Esa misma carretera por la que él viajaría mañana por la mañana. El turpial tenía plumas brillantes: anaranjadas, amarillas y negras. Tenía un pico puntiagudo y ojitos movedizos. Era muy diferente a los otros pájaros que caían en la trampa-jaula que tenían en el balcón. El padre había dicho que se había sorprendido por los colores cuando lo vio en una jaula mal hecha que un niño balanceaba a orillas de la carretera.  Lo ofrecía a la venta; gritaba que era un turpial; el mismo niño tenía algo de pájaro. Entonces el padre detuvo el carro a un costado de la vía y lo compró para llevárselo a los hijos. Es un turpial — había dicho apenas llegó al apartamento y puso la jaulita sobre la mesa de la cocina — y los turpiales se mueren de la rabia cuando están en cautiverio. Pero esto no lo supo cuando lo compró ni tampoco se lo dijo el niño que se lo había vendido, más interesado en vender su mercancía y llevar algo de plata a la casa o gastársela en una coca cola. Esto lo supo unos minutos después, cuando se detuvo a cargar gasolina en la estación de servicio que estaba en la entrada de la ciudad. Leer más »

15
mar
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Sin música de fondo

Arnoldo Rosas (Venezuela)

La piscina es una presencia azul donde flotan algunas hojas amarillas. Jesús se divierte sacándolas del agua, bajo la mirada continua de Carmen.

Fumo en la silla de extensión, consciente de que esta paz es perecedera. Trato de aprenderme el cielo con una lectura veloz para cuando el estrés recobre sus dominios.

Casi no hay sol, y el viento se escondió en las frondas de las acacias. Oigo risas que se aproximan arrastrando pantuflas por los escalones.

Jesús le da tregua a la hojarasca para observar a los recién llegados. Una pareja y su hija de unos ocho años. Traen toallas y un deslizador de anime. Se instalan en el otro extremo, ignorándonos.

Carmen le grita a Jesús que deje de estar destapando el depósito de cloro. Él sonríe y, chapoteando en el agua, se va otra vez a perseguir hojas y ramas.

Apago la colilla en el cenicero de vidrio que hay en la mesa, y le pido a Carmen que me eche bronceador. Su mano es suave y firme.

—Tienes una picada en la espalda —me dice.

Huele a tabaco dulce. Nuestro vecino fuma pipa mientras lee un libro de portada multicolor. Desde aquí no distingo el título. Leer más »