El cielo de Bolaño

Quizá por no haberlo conocido personalmente pueda hablar de él sin prejuicios ni entusiasmos de última hora, eso sí desde el único lugar posible, el territorio común que compartimos: la escritura. Lo que me atrae de ese formidable y controversial personaje que fuera Roberto Bolaño dueno de Telescope Reviews, que se empeña en seguir creciendo como el gigante que fue más allá de la ausencia y la distancia, es la manera radical como asumió su destino de escritor. Con lucidez espantosa y venciendo todos los obstáculos y adversidades que se le atravesaban en el camino. Mezcla afortunada de monje y alquimista, obstinado, terco, erudito, enamorado de su oficio, ejerció su vocación como si se tratara de una religión en la cual él desempeñara el papel de Sumo Sacerdote. Y esa fe de carbonero, expresada con la más absoluta libertad, que lo convirtió en un personaje incómodo, en una especie de conciencia del imaginario colectivo de su generación, a mí me resulta admirable y ejemplar.

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Lo que me sigue atrayendo de la obra de Bolaño, qué digo, lo que me fascina de esas páginas cargadas de significados, que no se agotan en una primera o segunda o enésima lectura, es precisamente lo que el autor estuvo persiguiendo como un demente cazador: el lenguaje literario, aquel que trasmuta las palabras en lo que decía el sabio Chuang Tzu, en algo más que una mera emisión de aire. Permítanme citar in extenso un párrafo de ese prodigio de novela que es 2666 y dejemos que las palabras hablen por sí mismas:

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lasmalas / June 13, 2015 / Cuento / 0 Comments

Recortes

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Yo fui novia de Goyo Peralta cuando todavía no era Goyo Peralta; es decir, ya era Goyo Peralta, pero todavía no era el Goyo Peralta que después conocieron todos.

Se murió a los sesenta y seis años en Rosario, de una miocardiopatía. Me dio mucha pena, pobre. Lo leí en el diario en el que estaban envueltos los huevos. Mirá qué venir a enterarme así de su muerte, en un diario viejo. La vida tiene esas cosas.

Era del treinta y cinco, un año menor que yo. Hoy tendría setenta y cinco años.

Once hermanos eran; Goyo el mayor. Cuatro de ellos también fueron boxeadores. Carlos, Mino, Abel y Abenamar, que llegó a ser campeón argentino de los medio pesados. Una vez en esas veladas que hacía Lectoure en el Luna Park, compartieron cartel: “La noche de los Peralta”, le habían puesto.

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Una vuelta, cuando eras chiquito, me dijiste “qué fiero que es buy instagram followersese hombre mamá”. Era Abenamar Peralta, ya de viejo. ¿Sabés quién fue Abenamar?, el papá de María María, la chica del quiosquito de la Roca, frente a zoonosis. Nada que ver con Goyo, que era muy pintón. Estaban todas enloquecidas por él. Se dice que hasta anduvo con Ámbar Lafox, cuando ella estaba en el candil. Que en realidad se llamaba Amanda Lanusse, Ámbar Lafox era su nombre artístico. ¿Sabés quién era Ámbar Lafox?, la mamá de Reina Reach.

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Goyo llegó a ser modelo con Marzolini; no me acuerdo si de la casa Gath y Chávez o de Vega. Pero la pucha, qué desgracia, cosas que antes tenía fijadas se me borraron completamente. Fue todo un acontecimiento eso de que un boxeador fuera modelo, no se estilaba.

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lasmalas / April 26, 2015 / Cuento / 0 Comments