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Entradas de la categoría ‘Cuento’

25
jul
DiDonato-Foto

Negrita

Dinapiera Di Donato (Venezuela)

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.

FEDERICO GARCÍA LORCA.
De La Casada Infiel:
“dedicado a Lydia Cabrera y su negrita”

—¿Es verdad que hubo incesto entre Djuna Barnes y su abuela Zadel? Hipocampo lanzó la pregunta coreada por dos o tres forzados ¡guácala! seguido del quinteto de risitas que no podía faltar al fondo de la clase y  Macuarisma se movió a la ventana como pidiendo ayuda para las hormonas, el aire le faltaba un poco y una paloma se asomaba a mirarlos con ese ojo de monóculo. Hipocampo había dicho si en clase pregunto datos biográficos será la señal de que le tengo buenas noticias. Macuarisma no disimuló la contrariedad, le tenía prohibido meterse en sus asuntos, no quiero noticias, ni buenas ni malas, no quiero nada, porque sus asuntos no eran para hacer relatos pero Hipocampo, de quince, se empeñaba en convertirlos en culebrones.

O lo que es peor, en biografías noveladas y cómo era posible que una vieja como ella, precoz en su menopausia cuarentona, siguiera sin poder zafarse de Hipocampo que apareció en su vida al final de una larga cadena de chismes y búsquedas de empleo. No era particularmente sensible a las bellezas menores. En aquella parte del país la belleza empezaba a los nueve y a los veinte se extinguía, recordaba vagamente un artículo pseudo ─científico que alertaba acerca de la alimentación sobre─ hormonada, cuidado con las reglas a los 9 y los embarazos o el cáncer de cuello uterino a los 12 y la homosexualidad creciente, todo por culpa del alimento para pollos importado de laboratorios que experimentaban con poblaciones marginadas pero ricas y sobre todo crédulas. Entonces el artículo se transformó en propaganda anti-imperialista y los lectores se debatieron entre el sentimiento de fervor revolucionario también financiado con el milagroso presupuesto nacional, y una creciente erección porque mientras se leía el artículo, la mayoría, que era la población infantil hiper-sexual, reclamaba atención con su invasora belleza. Leer Más »

16
feb
Srur

La indemnización

Julio Roberto Srur (Argentina)

Mi vida no ha ido por los caminos que un hombre relativamente sensato desea, lo reconozco. El hecho de haber fracasado en mi primer matrimonio y con las sucesivas relaciones con mujeres no es, para mí, señal de una honda frustración, aunque, por cierto, hubiera preferido otros desenlaces. Pero sí lo es el hecho de sentir una vida malograda, el quiebre de mi empresa, una editorial orientada a la sociología. Eso sí es un fracaso, y de los fracasos grandes de la vida, según mi criterio de valores que no pretendo que ni ustedes ni nadie compartan conmigo. Pero imaginen quedar desempleado a los cuarenta y cuatro años, con deudas por todos lados y unos empleados enfurecidos con deseos de aniquilarme. Además, como he dicho, soltero y sin familia de sangre, aunque es posible que tenga un segundo hermano viviendo en alguna ciudad de Finlandia, pero esos sólo fueron rumores de mi madre cuando todavía vivía. Si realmente existe nunca lo supe ni tampoco me ha interesado buscar información sobre el tema; tener un medio hermano en Finlandia me parece tan extraño que no lo imagino posible. De todos modos, aceptando por un instante aquella remota probabilidad, si alguien ha decidido trasladarse tan lejos, supongo que tendrá sus motivos para escapar. Las pocas veces que lo visualicé, lo imaginé parecido a un extraterrestre, de esos que dan miedo.

Por suerte había heredado la casa de mis padres, de manera que no tenía que pagar un alquiler que simplemente no hubiera podido afrontar. Perder la empresa propia seguro es un desastre en cualquier época, pero caer en los abismos de Buenos Aires a finales del año 2001, les aseguro que es una calamidad doble. Mis pocos ahorros fueron congelados por el banco y así, en un breve lapso de tiempo, me encontré sin la empresa y casi sin dinero para disponer, salvo el que tenía guardado en la casa y el limitado importe autorizado por el gobierno para retirar semanalmente de los cajeros automáticos. Esto me obligó a buscar trabajo urgente. Leer Más »

14
dic

Recortes

Juan Marcos Almada (Argentina)

Almada Portada Fija

a la memoria de Nicéforo “Vasco” Pérez
a Christian “El elegido” Nieto

Yo fui novia de Goyo Peralta cuando todavía no era Goyo Peralta; es decir, ya era Goyo Peralta, pero todavía no era el Goyo Peralta que después conocieron todos.

Se murió a los sesenta y seis años en Rosario, de una miocardiopatía. Me dio mucha pena, pobre. Lo leí en el diario en el que estaban envueltos los huevos. Mirá qué venir a enterarme así de su muerte, en un diario viejo. La vida tiene esas cosas.

Era del treinta y cinco, un año menor que yo. Hoy tendría setenta y cinco años.

Once hermanos eran; Goyo el mayor. Cuatro de ellos también fueron boxeadores. Carlos, Mino, Abel y Abenamar, que llegó a ser campeón argentino de los medio pesados. Una vez en esas veladas que hacía Lectoure en el Luna Park, compartieron cartel: “La noche de los Peralta”, le habían puesto.

Una vuelta, cuando eras chiquito, me dijiste “qué fiero que es ese hombre mamá”. Era Abenamar Peralta, ya de viejo. ¿Sabés quién fue Abenamar?, el papá de María María, la chica del quiosquito de la Roca, frente a zoonosis. Nada que ver con Goyo, que era muy pintón. Estaban todas enloquecidas por él. Se dice que hasta anduvo con Ámbar Lafox, cuando ella estaba en el candil. Que en realidad se llamaba Amanda Lanusse, Ámbar Lafox era su nombre artístico. ¿Sabés quién era Ámbar Lafox?, la mamá de Reina Reach. Leer Más »

14
dic
Miguel-Hidalgo-Prince--(©Alexis-Pablo)

Mi padre El Veterano

Miguel Hidalgo Prince (Venezuela)

La primera golpiza me la dio mi padre. Yo era un renacuajo de diez años y pocos kilos. De niño era tímido, me gustaba estar en la casa y lo mío era tocar la mandolina y ver El Pájaro Loco a las cuatro. Pero con sus propias manos mi padre me hizo sustituir la música y la tele por el cuadrilátero.

–Presta atención –me dijo mientras yo me sobaba los moretones–. Si no quieres que te jodan en la vida, aprende a usar los puños.

Mi madre sufría. No quería que yo fuese la fotocopia de mi padre. Decía que el boxeo era deporte de hombres desesperados. Pero simplemente no pudo hacer nada. Por un lado, en el colegio me sometían y me ponían sobrenombres de lo enclenque que era. Por el otro, mi padre se estaba ensañando conmigo. Así que me dediqué a sacar músculos y aprendí a lanzar coñazos.

También troté. Como un desgraciado, troté todas las mañanas del resto de mis días. Subía y bajaba el José Félix Ribas completico. La verdad es que a mí no me gustaba madrugar. Para eso estaba mi padre. Me vaciaba un tobo de agua fría encima cuando yo estaba a mitad de un sueño.

–A trotar –decía sin adornos, su única manera de decir buenos días.

Aún no salía el sol y yo ya estaba dándole vueltas al barrio. En esos momentos solamente pensaba en el box. Mi padre había sido peso gallo amateur en su juventud. Encontré el álbum en el fondo de una gaveta un día que buscaba papel para forrar un cuaderno. Mi padre saltando la cuerda, mi padre golpeando el saco, mi padre rematando una pera con un gancho de zurda, mi padre en guardia, mi padre con una toalla alrededor del cuello y media sonrisa, mi padre haciendo una pose para la cámara, mi padre levantando los brazos en señal de victoria. Leer Más »

14
dic
Carolina-Lozada-Foto

Boxeador cadáver de su propia mano

Carolina Lozada (Venezuela)

La imagen podría ser usada en contra de mis padres: una niña en medio de la algarabía de un grupo de hombres mirando una pelea de boxeo en horario nocturno, pero no hay pruebas gráficas, todas están en mi cabeza, en el habitado rincón de los recuerdos. A pesar del tiempo, tengo fresca la voz del narrador; era sobria, grave y, en los momentos decisivos, contundente. El locutor se llamaba Delio Amado León, un hombre que tenía aspecto de actor en los tiempos dorados del cine mexicano, y era junto a Aly Khan (el narrador hípico más popular del país), una voz casi institucional en Venezuela. No sé qué morbo salvaje me incitaba a mirar entusiasmada cómo dos hombres de torsos sudados se caían a golpes a extremos de la desfiguración del rostro del otro. No creo en la incólume inocencia infantil, he visto niños derretir cera de vela sobre campamentos de hormigas, he visto a un carita de ángel apretar con fuerza los ojos de un pequeño caracol y hasta supe de una niña que arremetió contra la vida de un sapo, piedra reposada sobre su cabeza; adiós, sapo, que te apagaste. Tal vez sean formas de justificar mi morbo prematuro, pero creo que siempre esperaba que se produjera en las peleas de boxeo el conteo final frente al contrincante tumbado en la arena del ring, para mí la parte más emocionante, pero esto no siempre ocurría; entonces había que esperar la decisión final de los jueces basada en los puños propinados en cada asalto, unas esmeradas reglas que refinan la pelea concediéndole a los ganchos, zurdazos y derechas categoría de técnica y estrategia. Sí, con el conteo de los últimos segundos estoy justificando mi interés por ver cómo se parten la cara dos hombres con guantes. Ese gusto se lo achaco a la emoción de la última oportunidad, a esa escabrosa frontera entre el glorioso triunfo o la estruendosa derrota, Y pensar que soportaba todo el pugilato sólo para ver a Rocky levantándose en el último segundo con el rostro hinchado y los ojos casi cerrados y la banda sonora en el fondo. Así es como funciona el sueño americano en las películas. Pero en la vida real no siempre los golpeados se levantan. Leer Más »