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Entradas de la categoría ‘Ensayo’

16
feb
Azuaje-IV-Portada

Bajo la sombra de Azazel: Sacrificio, alegoría y conflicto social en Ramos Sucre

Víctor Azuaje (Venezuela)

En medio de la amenaza constante, quise expiar mis culpas ignoradas y despistar los satélites de un poder asombradizo. Re­cordé la ceremonia de los israelitas con el cabrío emisario y la usé con un ave nocturna”(1) —escribió José Antonio Ramos Sucre al final de “El disidente”. El poeta incluyó el texto en el libro El cielo de esmalte y así fue publicado en 1929. Leer más

14
dic
Luis-Chaves-Foto

Muhammad Alí (Falso obituario)

Luis Chaves (Costa Rica)

  1. “Ali is dead”. El titular, escueto, directo, absoluto, le dio la vuelta al mundo a la velocidad de aquel jab atómico que fue pesadilla de sus rivales. Algunas personas mueren antes de que se les termine la vida. La afirmación “Murió Muhammad Alí” difícilmente hace pensar en el hombre de 65 años doblegado por el mal de Parkinson. La asociación inmediata es la imagen de aquel negro escultórico de 1,85 cm y 90 kg, moviéndose en el cuadrilátero con la gracia y fluidez de una prima ballerina, convirtiendo el ring en una pista de baile. O al deportista ruidoso, pedante, histriónico y elocuente que, en el mejor momento de su carrera, prefirió renunciar a su título de campeón antes que abandonar sus convicciones.
  2. Cassius Marcellus Clay fue su nombre de pila. Nació y creció en Louisville, Kentucky. A los 18 años ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma. Los expertos dudaban del futuro de aquel jovencito que exhibía una técnica poco ortodoxa. Les parecía una bravuconada adolescente la defensa de un boxeador que inclinaba su torso hacia atrás para esquivar golpes, cuando el manual indicaba que debían desviarse con los puños. Tampoco comulgaban con su actitud desafiante fuera del cuadrilátero. Un joven recién llegado que no se ahorraba opiniones, que retaba abiertamente a boxeadores más experimentados que él, que no respetaba las jerarquías. Y tenían razón, Cassius Clay era todo eso. Pero lo que nadie sabía entonces, probablemente ni él mismo, es que no era sólo eso. El tiempo, que no se equivoca, se encargó de demostrarlo.
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14
dic
Leo-Felipe-Campos

Fajadores, estilistas y pegadores

Leo Felipe Campos (Venezuela)

Un libro se hace de dolor y desamparo. De algunos errores también: de la imposibilidad de no escribir, que es el mayor error que conozco. De insomnio y gracia. Hay personas que creen que un libro se hace de historias y otras que piensan que un libro se hace de sonrisas. A esas personas les digo: no sean ingenuos, esos libros no se hacen, esos libros no existen. Hay palabras para hacer libros, pero nadie las consigue. Se perdieron entre los puños de los escritores pegadores.

Tengo un amigo que divide a los escritores en tres: fajadores, estilistas y pegadores. Así, un estilista es J.M. Coetzee. Un fajador es Henry Miller. Un pegador es Kafka. Un estilista puede ser Juan Carlos Onetti, aunque liquide sus peleas en los primeros rounds. Y un fajador puede ser Alfred Jarry. Un pegador, en cambio, es total. Un pegador es Borges, un pegador es Dostoievski, un pegador es William Shakespeare, dice mi amigo, que conoce poco de boxeo y mucho de libros. Un estilista es, o puede ser, o pudo haber sido, William B. Yeats. Un fajador: Osvaldo Soriano. Un pegador: Juan Rulfo. Juan Rulfo es Rocky Marciano. No, Juan Rulfo es mejor que Rocky Marciano. ¿Quién puede ser, entonces, Edgar Allan Poe? ¿A qué tipo de oscuro y perfecto boxeador encarnaría?

Raymond Carver, Horacio Quiroga y Antón Chejov son únicos. Cada uno es el mandarriazo severo de Roberto Durán directo a la mandíbula. Son las manos de piedra alzándose en señal de victoria. Dylan Thomas es un fajador, Malcolm Lowry es un fajador, Charles Bukowsky es un fajador. Todos tienen el cerebro abollado y pierden antes de empezar a pelear, pero combaten como animales, ellos son el espectáculo. Leer más »

14
dic
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Escribir a los golpes

Omar Genovese (Argentina)

La literatura y el box no tienen nada en común. Es más, nada tiene que ver con el box más que un negocio en torno a televisaciones y apuestas. Fue así, y lo sigue siendo, hasta el arribo de Cassius Clay –que escapó al combate real en Vietnam y volvió convertido en Alí–, con una habilidad pasmosa que se podría comparar con la de Locce, a saber: no me dejo pegar porque el golpe en el aire del rival lo cansa el doble. Pero Alí, además, usaba su cuerpo para cansar al rival que, extenuado de soportar su peso, perdía con pocos golpes precisos o con la resta de puntos por incapacidad manifiesta. Luego, por exceder los límites, estaba su velocidad con las piernas, brazos y palabras. Y el registro de su sagaz oralidad es lo más cercano al arte del amor propio en estado irónico, a la declamación de ése lugar que lo social le reclamaba como Adonis de la inminente modernidad doblegada en el marketing. Y también, del señalamiento crítico hacia la cosificación esclavista del boxeador… La oralidad de Alí era poética limousin, traía noticias de un territorio de semidioses, un tanto payasesco y triste. Eso es lo que tengo que decir respecto al box y la literatura. Todo lo demás, es aire viciado con aspecto laberíntico. Ni los poemas de Palma (no Dante, el paje mediático del pensamiento límpido nativo), ni el management de la felicidad desde la pobreza de Maravilla Martínez, me conmueven. Es más, recuerdo apenas el día en que murió Carlos Monzón, experto en hacer bolsa (literal y simbólicamente) a las mujeres. Pero calma, la humanidad ha dado muestras de grandeza y hoy también ellas boxean. Luego están los rumores: al fin, que el combate más importante de la historia (¿cuál historia?) lo organizó el rompedor de manos de boxeadores idealistas más rico, Don King, a quien la urbanidad picaresca de Buenos Aires le sustrajo la billetera, lo que demuestra que la delincuencia argentina hace política en el llano.

El box es una lucha mortal diferida que cuando falla el temporizador entrega un cadáver legalizado. Sí, el matador no va preso. A lo sumo se siente culpable, visita a la familia del rival, lagrimea sombrío, y la justicia (universal, mediática) acepta las disculpas por la desgracia. Eso lo hace una actividad de masas asesinas: la muerte de un boxeador en el ring es un crimen espectacular, carente de intimidad, en la que los espectadores, y todo el mundillo que vive del ring, son meros cómplices. Esto no alcanza a explicar la pasión por eso de que dos homínidos del grupo dominante –y sobreviviente– se tomen a golpes de puño de la cintura para arriba. O la pasión que los mismos sienten por una oreja cercana del rival. Golpes de manos y canibalismo. Es que era inevitable, en algún ejemplar de tal tribu (Tyson) debía darse la conjunción más primitiva de nuestro origen, al que lejos de todo eufemismo denominamos como humano: destruir al otro para convertirlo en alimento. Leer más »

25
oct
Ednodio-Cuento

El cielo de Bolaño

Ednodio Quintero (Venezuela)

Quizá por no haberlo conocido personalmente pueda hablar de él sin prejuicios ni entusiasmos de última hora, eso sí desde el único lugar posible, el territorio común que compartimos: la escritura. Lo que me atrae de ese formidable y controversial personaje que fuera Roberto Bolaño, que se empeña en seguir creciendo como el gigante que fue más allá de la ausencia y la distancia, es la manera radical como asumió su destino de escritor. Con lucidez espantosa y venciendo todos los obstáculos y adversidades que se le atravesaban en el camino. Mezcla afortunada de monje y alquimista, obstinado, terco, erudito, enamorado de su oficio, ejerció su vocación como si se tratara de una religión en la cual él desempeñara el papel de Sumo Sacerdote. Y esa fe de carbonero, expresada con la más absoluta libertad, que lo convirtió en un personaje incómodo, en una especie de conciencia del imaginario colectivo de su generación, a mí me resulta admirable y ejemplar.

Lo que me sigue atrayendo de la obra de Bolaño, qué digo, lo que me fascina de esas páginas cargadas de significados, que no se agotan en una primera o segunda o enésima lectura, es precisamente lo que el autor estuvo persiguiendo como un demente cazador: el lenguaje literario, aquel que trasmuta las palabras en lo que decía el sabio Chuang Tzu, en algo más que una mera emisión de aire. Permítanme citar in extenso un párrafo de ese prodigio de novela que es 2666 y dejemos que las palabras hablen por sí mismas:

“Aquella noche una luz verde y enfermiza salía de las puertas del hospital, un verde claro como de piscina, y un enfermero fumaba un cigarrillo, de pie, en medio de la acera, y entre los coches aparcados había uno con la luz encendida, una luz amarilla como de nido, pero no un nido cualquiera sino un nido posguerra nuclear, un nido en donde no tenían cabida las certezas sino el frío y el abatimiento y la desidia”. Leer más »