Ednodio Quintero y los alcances de la regularidad
Miguel Ángel Campos (Venezuela)
Presentar el libro de un autor que ha llegado a una total familiaridad con su escritura, y ha configurado un mundo de tal manera previsible que en cada página podemos reconstruir ese mundo, es como presentar todos sus libros. El caso de Ednodio Quintero se me antoja paradigmático, uno de desarrollo progresivo de un proyecto de escritura, y más que narrativo; hablaríamos de la práctica de un inquisidor rastreándose a sí mismo, indagando cuanto hay de oculto en una rutina. La primera línea de este narrador estará siempre en la última línea de su último libro. Estaríamos hablando entonces de la persistencia del escritor por encima de todo, y luego vendría el universo de ese escritor, porque estamos en presencia de un interés por la literatura que desborda la sola invención, su momento lúdico, y nos enfrenta con el proceso creador, con los misterios de la escritura y la fundación de mundos—cómo apropiárselos.
Digo que la primera línea de su primer libro puede reaparecer en la última pagina de su libro más reciente, y tan sólo quiero recordar cómo efectivamente hay un universo, una realidad sometida con tal eficacia a los caprichos, a los rigores del autor, que esa escritura se hace reconociblemente monótona, repetitiva (y ya trataré de explicar esto). Estamos en presencia del escritor que logra colonizarse a sí mismo haciendo que un universo reaparezca con sigilo pero sin sorpresa en su escritura, y tal vez más allá de su voluntad. Sería ese el desiderátum de todo escritor: reproducirse al grado que cesen los motivos y argumentos, y quede sólo un clima y un reino. Confundido con aquello que lo expone, ese reino se continúa en una frase y esa frase ya no es escritura, es sobre todo una imagen donde resuenan todos los ecos posibles. Hay escritores absolutamente previsibles, desde el punto de vista de la anécdota y del catálogo de sus intereses y conflictos, pero irregulares en relación con la dimensión estética, la dimensión formal. En el caso de Ednodio planea una potencia que le permite organizar un universo y hacerlo uniforme, reducirlo a la regularidad de cuanto prescinde de los contrastes y lo sorpresivo. Leer más 
Blueberry antihéroe o las últimas dudas de Occidente
César Maurel (Francia-Costa Rica)
Conocí a Gir por intermedio del teniente Blueberry. Recuerdo aquel amor a primera vista. Uno de aquellos amores infantiles irremediables, absolutamente carentes de razón, de esos que van construyendo los criterios que en la edad adulta sólo pueden ser objetos de conjeturas o preguntas sin respuestas. ¿Qué fue lo que entonces nos cautivó en forma tan definitiva?
La máquina de imaginar
Carlos Cortés (Costa Rica)
“Nada es real si no lo escribo”, decía Virginia Woolf. Por lo tanto, nada es real si no lo reescribo, es decir, si no lo leo, porque la escritura y la lectura son actividades reflejas. Se empieza siendo lector y luego escritor y estos papeles se intercambian a lo largo de la vida, en muchas ocasiones a partir de los mismos textos, al punto de que para mí es difícil diferenciarlos. Escribir es volver a leer, leerse y releerse en un laberinto de espejos, en un zigzag de textos que se muerden la cola y forman un árbol en una selva de significados.
No sé cuándo empecé a leer pero sí me acuerdo de cuándo me fascinó el lugar de donde provenían las historias. La máquina de imaginar. En 1967, a mis cinco años, cuando nos trasladamos a otra casa, en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, se estableció cada noche un ritual con el acto de contar historias. Mi padre afectivo, Ricardo Esquivel, el esposo de mi tía, nos convocaba a cenar y una vez terminada la comida desaparecía un momento y luego volvía a aparecer y me enviaba a mí a la biblioteca, que no existía aún. Leer más 
Exilio y lenguaje. Octavio Armand y la tradición literaria cubana
Johan Gotera (Venezuela)
El poema “La desesperación como superficie” parece contener los rasgos generales de la exigente poética que Octavio Armand ha desarrollado durante los últimos cuarenta años. En el espacio de ese poema emblemático se cruzan el impacto del exilio y la torsión que padece el lenguaje bajo el peso de esa experiencia desintegradora. El poema nos habla de un desgarrón, de una despedida que produce una inestabilidad en la que se tambalea por igual la tierra firme del sentido y el orden del lenguaje. Podemos decir además que en ese poema el exilio aparece no solo como tópico sino que se cumple propiamente en el lenguaje, de ahí que encontremos lo descrito en el poema como un paisaje disperso y fragmentado, en donde las palabras mismas son separadas por una cruel arbitrariedad silábica. Se rompe el espacio, la perspectiva, pero también el cuerpo de las palabras. En la complejidad del poema el retrato familiar aparece roto, alterado, y nociones como patria, historia, comunidad o propiedad se muestran como escombros destituidos, hechos trizas. La propia agitación y el ritmo entrecortado del poema parecen señalar una descomposición que transcurre en varios niveles de su obra: aquella descomposición que ocurre en el lenguaje descoyuntado y en el escenario de mutilación corporal que permanece como fondo constante de su obra. Leer más 
Filiberto Cuevas: el tiempo predador
Miguel Ángel Campos (Venezuela)
Viaje al petróleo con cielo nublado
Ponemos rumbo al sur para ir al oeste; cuando las líneas rectas no son expeditas y el camino está minado, es preciso alejarse para alcanzar el objetivo. Tito, al volante, escruta el horizonte: cielo de manchas plomizas y ráfagas frías en la región más calurosa de Venezuela—sólo auguran un chaparrón. Se desprenden algunas gotas y el diluvio parece inminente. Los tarantines a la orilla de la carretera se estremecen, sus propietarios echan un ojo al horizonte y siguen hojeando su resto de periódico de hace dos semanas; después de todo aquí la indolencia es un buen antídoto contra la angustia. Yucas y auyamas tendrán sus compradores tarde o temprano; ya atrás, en el fondo del patio, el monte crece, segura inversión de estos buhoneros de carretera.
Ángel Viloria, quien ha llegado de San Antonio de los Altos para esta excursión, recuerda sus andanzas por la zona en sus días de estudiante de la Facultad de Ciencias. Reparamos en cómo se han poblado las márgenes: es la lejana periferia de la ciudad de Maracaibo, el avance de pequeñas manchas, casuchas y negocitos de toda especie. De fondo el espejismo de lo que alguna vez fue selva de galería, nada que invite a otra reflexión que no sea la de la indolencia y el abandono. La tierra baldía se gratifica con la lluvia, ella es un espectáculo en sí: colapsada en el tiempo y resguardada por ahora de la erosión, de la depredación de los sin casa. Pero los ranchos avanzan. Todo se reduce a despejar y luego sembrar de estacas y carpas de cartón, en un año habrá un barrio demencial. Por ningún lado vemos prospectos de siembra, agroindustria, promesa de trabajo humano a gran escala, nada. Abundan, sí, las fotos del presidente de la República retratado con el alcalde del municipio que corresponda; es la incitación al desmayo, a la inercia y la desesperanza. Leer más 
Diario de lecturas pendientes
Gustavo Solórzano-Alfaro (Costa Rica)
Sade: el placer de la lectura proviene indirectamente de ciertas rupturas (o de ciertos choques): códigos antipáticos (lo noble y lo trivial, por ejemplo) entran en contacto…
Roland Barthes(1)
Una página que falta. Un deseo que decrece justo antes del clímax. Una lectura que se trunca. Un libro que se lee con pasión hasta la mitad y se retoma meses después; otro que se empieza varias veces hasta lograr terminarlo. Lecturas interrumpidas, lecturas a medias, lecturas perezosas, lectura descuidadas, lecturas pendientes.
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Imaginemos un lector que todos los días se detiene en la misma página. Todos los días abre un libro y empieza en la página 10. La lee, la repite, la repasa. Cierra el libro y así por días, meses y años. Una suerte de “libro de arena” a la inversa. El tiempo detenido, los mismos caracteres, las mismas palabras, y sin embargo cada día se renueva el amor por esa página y la pasión con que es leída. El tema no es nuevo. Sus diferentes versiones están en Borges. Leer más 
Sanbun Kyoden y la infamia del Hentai Netorare
Víctor Azuaje (USA-Venezuela)
la prueba de que la pornografía no tiene valor literario es que, si uno intenta leerla de otra manera que no sea como estímulo sexual,… uno se aburre hasta llorar.
W. H. Auden.
En casi todas las literaturas, las hazañas épicas preceden a las eróticas: la Ilíada a El asno de oro, el Mahabharata al Kamasutra. En otros géneros artísticos, en los considerados menores como el cómic, alguna vez el orden es inverso. Una razón es el carácter relativamente tardío del arte erótico, su pertenencia a la época en que una sociedad goza los frutos del saqueo y padece los ataques a sus valores: la cólera y los caprichos de Aquiles tuvieron consecuencias no menos nefastas que la lujuria y las depravaciones de Juliette, pero el primero confirma mientras que la segunda menoscaba los ideales de su comunidad. Tal vez por ello la representación gráfica de las hazañas épicas tienda a la apoteosis y la de las eróticas se incline a la degradación. La distinción es moral, pero reposa literalmente sobre una línea bien dibujada: un mínimo desvío o adición en el trazo de la entrepierna de Aquiles o Helena y se pisa el terreno del cómic erótico. Leer más 
El lector como amante
Wafi Salih (Venezuela)
“Leer es un acto de servilismo”
José Antonio Ramos Sucre.
Toda lectura es una paradoja, funda en el lector un campo para la desposesión y para la posesión juego de libertades y sumisión, absurdo momento en el que ambos, textos y lector se profanan, desajustan el tiempo que le es común, además lo sacrifican en tanto inversión individual. Como amantes son uno y ninguno.
El lector (amante) reedifica a su amada, le otorga nuevas potencias, regenera sus cualidades en ella, pero inmerso en un acto de magia en el que difícilmente alguno puede salir ileso. La amada, se deja poseer porque así domina, se pierde en el imaginario del amado porque así se prolonga, astutamente se enhebra en lo que de ella, él imagina. Son un ser de amantes: otro. Leer más 
Laberinto veneciano
Marina Gasparini Lagrange (Venezuela)
a Teresa Casique
Es todavía de noche. Camino por calles iluminadas por farolas que no alumbran. Camino lentamente. El paso me lo da la lentitud con la que se acerca la claridad. Los amaneceres de invierno llegan con el misterio de la noche pegado a la piel. Muchas de las incógnitas que trae consigo esa luz, se quedan adosadas en los muros de las iglesias, en los mármoles de los palacios, en las calles de la ciudad. Saliendo de lo oscuro y bajo una luz aún soñolienta, las tallas en piedra que coronan las iglesias muestran toda su desnudez. Brazos perdidos que ya nada señalan, cuerpos girados hacia figuras ausentes y rostros consumidos por el tiempo se alzan como un trío de Schubert en el claror de una mañana de marzo. Leer más 








