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Entradas de la categoría ‘Novela’

16
feb
Valle-Portada-III

Happening (fragmento)

Gustavo Valle (Venezuela)

Los tiros le pasaban silbando encima del güiro, fuiz, fuiz —dijo Morocho como si él fuera el protagonista, convencido de tener frente él a todo un auditorio—. ¿Han escuchado el silbido del plomo cuando te roza la azotea?, y el tipo encaletado en la cueva vietnamita respirando con unos pitillitos que se fachaban con los bambúes de los Changurriales. Leer Más

7
feb
Jimenez-Foto

Soy el Enano de la mano larga-larga

Jorge Jiménez (Costa Rica)

Soy el Enano de la mano larga-larga
(novela alter-ego-maníaca)
[fragmento]

Para Ligia y Salomé, para ellas, un eclipse azul

En esta tabla pintada de colores chillones hay un pegoste plástico reluciente y un hueco por donde asoma un Enano. Un ojo se le derrama por el borde del hueco. Manda su mano, obediente y tenaz y recoge el ojo para él. Qué extraño es el cuerpo, piensa el Enano mientras acomoda el ojo en su cuenca. La tabla cae y aplasta al Enano. Exhala un grito sordo y extenuante como el de una fotocopiadora. Se palpa con dificultad y ahora es una superficie plana. Desliza su mano sobre la nariz, aprieta las fosas y la boca, y sopla fuerte. Tras el esfuerzo vuelve a recobrar volumen y hace que la tabla se tambalee. Saca un dedo del zapato, estira la uña, y hace palanca para quitarse la tabla de encima. Se levanta a duras penas y pasa sus dos manos por las mechas que le guindan a los lados de la cabeza medio calva. Se mira las manos y se da cuenta de que tiene una baba verde untada. Este cuerpo mío, después de tantos años, hay veces que parece mi enemigo más acérrimo —dice con la voz entrecortada, como refunfuñando.

§

El Enano desayuna pollo frío y vodka sentado en la banca de un parque. Mira con indiferencia el paso de los otros. Soy un Enano voluntario —dice para sí—. Podría estirarme y superar en tamaño a cualquiera de ellos. Termina de comer y se echa para atrás y dormita. Un paseante se sorprende al ver que del Enano surge un arco iris. Leer Más »

19
jul
Rubi-Foto

La tarea del testigo (fragmento)

Rubi Guerra (Venezuela)

El sanatorio era un espacio célibe. Sabía que se producían juegos amorosos entre los residentes, pero estaban signados por la fugacidad y la precariedad de paseos por el jardín o de un beso robado en un pasillo. Así se lo había explicado su amigo Konrad Reisz. Para él, ni aun estos encuentros fugitivos y, en definitiva cándidos, eran posibles. Su estado de nervios no le hubiera permitido la tensión de un encuentro de esta naturaleza, aun si entre las mujeres hubiese habido alguna que le despertara un poco de pasión. Había vuelto a ser inocente.

Sólo que no podía recodar ninguna época de inocencia. Desde pequeño se había sentido atraído por las mujeres. Niñas de su edad, al principio, y luego muchachas y mujeres, cuando apenas comenzaba a asistir a la escuela. Si las amigas de su madre lo besaban se debatía en sus brazos para disimular el intenso gozo que sentía.
Su primer contacto verdadero con una mujer fue con una prostituta, a los diecinueve años. Una experiencia estremecedora.

En Caracas, estando en la universidad, a medida que su círculo de amigos y conocidos crecía, trató a más mujeres. Hermanas, primas, amigas de sus amigos. Mujeres de los bares a los que concurría acompañando a sus compañeros de clases. Mujeres en las tiendas y en las calles, a quienes que no se atrevía a mirar de frente. Se sentía contaminado por sus deseos. Leer Más »

21
jun
Foto-Liria

La Floresta (cap. I)

Liria Evangelista (Argentina)

Lo primero que pienso cuando se acerca  a mi mesa es que quiere levantarme. Suspiro, son las siete y media de la mañana. El tipo avanza hasta mi mesa con actitud de actor de telenovela de los años 70. Un galán de barrio,  un Rolando Rivas taxista resucitado y mugriento. Hasta la camperita de cuero del Rolo, tiene. Corta, entallada, debe haber salido de una feria americana. Pero lo más curioso es que parece no habérsela sacado nunca desde esa época. Lo miro, alerta.  En realidad, más que el tipo en sí me interesa que se me cruzara ese recuerdo. La novela de Migré. El tachero que esperaba la vuelta de Perón yira que te yira a través de la ciudad en  el Siam Di Tella con la banderita que decía libre. Me acuerdo de que lo daban los martes y yo esperaba emocionada. Un mundo en blanco y negro, más feliz. Pienso en los zombis, pienso en mi infancia y ya no quiero pensar más. Quiero estar sola, leer el diario, tomar mi café con leche.  Él se queda parado al lado mío, me clava los ojos y sonríe una sonrisa sin dientes. Es altísimo y flaco, como una flauta de hueso. Leer Más »

24
may
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Miramar (caps. I-II)

Gloria Peirano (Argentina)

1

Mi madre suele decir que su matrimonio fue una decisión que se renovaba día tras día. En cada oportunidad, dice, ella sabía que estaba eligiendo. Pero siempre terminaba quedándome con tu padre, sonríe, y yo me la imagino como una niña difícil que deshojaba una margarita. Él le llevaba diez años. Había entre ellos un valor que intercambiaban, una moneda que se pasaban entre sí y, aunque jamás ninguno de los dos nos habló de esto, mi hermano y yo lo respiramos desde que nacimos: mi madre era la dueña de la juventud, y era quien dispensaba esa gracia o podía retacearla a su antojo.

Pensé mucho en ellos en estos últimos años, en especial en la época inmediatamente anterior a la muerte de mi padre. Mi madre tenía treinta y cuatro;  él, diez más. En ese entonces faltaba apenas un año para que enfermara y muriera, pero todavía estaba intacto, no sabía, nadie sabía. Ella fumaba mucho, leía revistas antes de dormir, me dejaba jugar con sus pulseras de plata, se reía fuerte, se peleaba con mi hermano como un chico más, era dura, mala a veces, pero es él, mi padre, lo que más me interesa, era él quien iba a morirse pronto. Leer Más »