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Entradas de la categoría ‘Novela’

25
jul
Payares-Portada-Nueva

Los payasos

Gabriel Payares (Venezuela)

Este cuerpo no volverá a empezar
Cesare Pavese

Los payasos llegaron un sábado, cuando ya habíamos salido de la ducha y recién comenzaba el horario de visita. Leer Más

16
feb
Valle-Cuadro

Happening (fragmento)

Gustavo Valle (Venezuela)

Los tiros le pasaban silbando encima del güiro, fuiz, fuiz —dijo Morocho como si él fuera el protagonista, convencido de tener frente él a todo un auditorio—. ¿Han escuchado el silbido del plomo cuando te roza la azotea?, y el tipo encaletado en la cueva vietnamita respirando con unos pitillitos que se fachaban con los bambúes de los Changurriales. Les cortaban las puntas y parecían esnórqueles de buzo, pero arriba no había agua sino un coñazo de tierra, con el cuerpo en posición horizontal, con el bambú pegado a la boca y esa cuerda de milicos, toda esa banda de coñoemadres haciendo sonar sus botas. Y corrían —continuó Morocho como poseído— de un lado a otro, él escuchaba las voces, las mentadas de madre, los gritos, los tiros, las explosiones. Metido en esa cueva, que en realidad era un zanjón, escuchaba todo como a más volumen, bum bum bum, como si en vez de pasos fueran desgracias y todos ellos sin mover un dedo, con esa coñamentazón de tierra en los ojos en los oídos en las narices, solamente pegados a esa milagrosa varita de mierda. Y rezó, Hernán rezó mucho, él que nunca rezaba, que no creía sino en la rebelión popular y el hombre nuevo, pero allí estaba, con el bambú bien cosido a la boca con la mente en un padrenuestro, en un credo mal recordado de esos que la vieja nos enseñó de chiquitos, cualquier porquería para pasar el tiempo, porque el tiempo era una cosa jodida, ahí sepultados como colgados del infinito, eso decía, recuerdo, infinito, había que pasar ese infinito, había que esperar hasta abrir los ojos y decir, ya está, ya pasó, ya pasaron, vámonos de esta mierda, a correr por la meseta, sin mirar atrás, porque el tiempo era como gelatina que se te pegaba a los huesos, y en medio de todo eso, no sé por qué, le daba por recordar cantidad de cosas. Leer Más »

7
feb
Jimenez-Foto

Soy el Enano de la mano larga-larga

Jorge Jiménez (Costa Rica)

Soy el Enano de la mano larga-larga
(novela alter-ego-maníaca)
[fragmento]

Para Ligia y Salomé, para ellas, un eclipse azul

En esta tabla pintada de colores chillones hay un pegoste plástico reluciente y un hueco por donde asoma un Enano. Un ojo se le derrama por el borde del hueco. Manda su mano, obediente y tenaz y recoge el ojo para él. Qué extraño es el cuerpo, piensa el Enano mientras acomoda el ojo en su cuenca. La tabla cae y aplasta al Enano. Exhala un grito sordo y extenuante como el de una fotocopiadora. Se palpa con dificultad y ahora es una superficie plana. Desliza su mano sobre la nariz, aprieta las fosas y la boca, y sopla fuerte. Tras el esfuerzo vuelve a recobrar volumen y hace que la tabla se tambalee. Saca un dedo del zapato, estira la uña, y hace palanca para quitarse la tabla de encima. Se levanta a duras penas y pasa sus dos manos por las mechas que le guindan a los lados de la cabeza medio calva. Se mira las manos y se da cuenta de que tiene una baba verde untada. Este cuerpo mío, después de tantos años, hay veces que parece mi enemigo más acérrimo —dice con la voz entrecortada, como refunfuñando.

§

El Enano desayuna pollo frío y vodka sentado en la banca de un parque. Mira con indiferencia el paso de los otros. Soy un Enano voluntario —dice para sí—. Podría estirarme y superar en tamaño a cualquiera de ellos. Termina de comer y se echa para atrás y dormita. Un paseante se sorprende al ver que del Enano surge un arco iris. Leer Más »

19
jul
Rubi-Foto

La tarea del testigo (fragmento)

Rubi Guerra (Venezuela)

El sanatorio era un espacio célibe. Sabía que se producían juegos amorosos entre los residentes, pero estaban signados por la fugacidad y la precariedad de paseos por el jardín o de un beso robado en un pasillo. Así se lo había explicado su amigo Konrad Reisz. Para él, ni aun estos encuentros fugitivos y, en definitiva cándidos, eran posibles. Su estado de nervios no le hubiera permitido la tensión de un encuentro de esta naturaleza, aun si entre las mujeres hubiese habido alguna que le despertara un poco de pasión. Había vuelto a ser inocente.

Sólo que no podía recodar ninguna época de inocencia. Desde pequeño se había sentido atraído por las mujeres. Niñas de su edad, al principio, y luego muchachas y mujeres, cuando apenas comenzaba a asistir a la escuela. Si las amigas de su madre lo besaban se debatía en sus brazos para disimular el intenso gozo que sentía.
Su primer contacto verdadero con una mujer fue con una prostituta, a los diecinueve años. Una experiencia estremecedora.

En Caracas, estando en la universidad, a medida que su círculo de amigos y conocidos crecía, trató a más mujeres. Hermanas, primas, amigas de sus amigos. Mujeres de los bares a los que concurría acompañando a sus compañeros de clases. Mujeres en las tiendas y en las calles, a quienes que no se atrevía a mirar de frente. Se sentía contaminado por sus deseos. Leer Más »

21
jun
Foto-Liria

La Floresta (cap. I)

Liria Evangelista (Argentina)

Lo primero que pienso cuando se acerca  a mi mesa es que quiere levantarme. Suspiro, son las siete y media de la mañana. El tipo avanza hasta mi mesa con actitud de actor de telenovela de los años 70. Un galán de barrio,  un Rolando Rivas taxista resucitado y mugriento. Hasta la camperita de cuero del Rolo, tiene. Corta, entallada, debe haber salido de una feria americana. Pero lo más curioso es que parece no habérsela sacado nunca desde esa época. Lo miro, alerta.  En realidad, más que el tipo en sí me interesa que se me cruzara ese recuerdo. La novela de Migré. El tachero que esperaba la vuelta de Perón yira que te yira a través de la ciudad en  el Siam Di Tella con la banderita que decía libre. Me acuerdo de que lo daban los martes y yo esperaba emocionada. Un mundo en blanco y negro, más feliz. Pienso en los zombis, pienso en mi infancia y ya no quiero pensar más. Quiero estar sola, leer el diario, tomar mi café con leche.  Él se queda parado al lado mío, me clava los ojos y sonríe una sonrisa sin dientes. Es altísimo y flaco, como una flauta de hueso. Leer Más »