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Entradas de la categoría ‘Novela’

9
ago
Carreno-II-Portada

Cuaderno de Manhattan, Capítulo 4: The Nuyorican Poets Café

Víctor Carreño (Venezuela)

Sólo unos pocos terminamos haciendo aquel viaje al East Village. En el sitio no faltaban las banderas de Puerto Rico y fotos de la isla. Pero parecía más que un café sólo para boricuas. Había cervezas baratas y noches cuando la gente hacía cola para recitar sus versos, mientras alguien tocaba música ligera (una guitarra, un conjunto de música boricua o un cuarteto de jazz). Leer Más

25
jul
Gabriel

Los payasos

Gabriel Payares (Venezuela)

Este cuerpo no volverá a empezar
Cesare Pavese

Los payasos llegaron un sábado, cuando ya habíamos salido de la ducha y recién comenzaba el horario de visita. Era un fin de semana fresco, a lo mejor de abril o de mayo, quién sabe, porque aquí empiezan todos días de la misma idéntica manera: yendo al baño uno por uno en una fila larga y lenta, cogidos de la mano de las cuidadoras que a esa hora tienen peor humor que de costumbre. Ocurre que están obligadas a madrugar para dejarnos limpios y perfumados antes del cambio de turno, y ésa no es precisamente una tarea sencilla. A algunos hay que arrastrarlos hasta la ducha y bañarlos a juro, como a los animales; mientras que a otros basta con seguirles la corriente y empujarlos con cariño hacia el baño, aunque el problema viene a la hora de querer desnudarlos, ponerles el champú o sacarlos una vez terminada la ducha. Y se imaginarán la delicadeza con que nos tratan estas hijas de puta. A mí no, debo aclarar, yo aún me baño por cuenta propia y a un ritmo decente, sin tardar mucho, sin tratar de escapar, sin que tengan siquiera que ayudar a desvestirme. Por eso no me joden tanto como a los demás, sobre todo a los que ya ni caminan ni se levantan pero se cagan encima y de paso luchan cuando tratan de cambiarles la ropa: gritan, gruñen, llegan incluso a embarrarlas de mierda. “Casos difíciles”, los llaman, que terminan con un jeringazo y a dormir otra vez hasta bien entrado el mediodía. Leer Más »

16
feb
Valle-Cuadro

Happening (fragmento)

Gustavo Valle (Venezuela)

Los tiros le pasaban silbando encima del güiro, fuiz, fuiz —dijo Morocho como si él fuera el protagonista, convencido de tener frente él a todo un auditorio—. ¿Han escuchado el silbido del plomo cuando te roza la azotea?, y el tipo encaletado en la cueva vietnamita respirando con unos pitillitos que se fachaban con los bambúes de los Changurriales. Les cortaban las puntas y parecían esnórqueles de buzo, pero arriba no había agua sino un coñazo de tierra, con el cuerpo en posición horizontal, con el bambú pegado a la boca y esa cuerda de milicos, toda esa banda de coñoemadres haciendo sonar sus botas. Y corrían —continuó Morocho como poseído— de un lado a otro, él escuchaba las voces, las mentadas de madre, los gritos, los tiros, las explosiones. Metido en esa cueva, que en realidad era un zanjón, escuchaba todo como a más volumen, bum bum bum, como si en vez de pasos fueran desgracias y todos ellos sin mover un dedo, con esa coñamentazón de tierra en los ojos en los oídos en las narices, solamente pegados a esa milagrosa varita de mierda. Y rezó, Hernán rezó mucho, él que nunca rezaba, que no creía sino en la rebelión popular y el hombre nuevo, pero allí estaba, con el bambú bien cosido a la boca con la mente en un padrenuestro, en un credo mal recordado de esos que la vieja nos enseñó de chiquitos, cualquier porquería para pasar el tiempo, porque el tiempo era una cosa jodida, ahí sepultados como colgados del infinito, eso decía, recuerdo, infinito, había que pasar ese infinito, había que esperar hasta abrir los ojos y decir, ya está, ya pasó, ya pasaron, vámonos de esta mierda, a correr por la meseta, sin mirar atrás, porque el tiempo era como gelatina que se te pegaba a los huesos, y en medio de todo eso, no sé por qué, le daba por recordar cantidad de cosas. Leer Más »

7
feb
Jimenez-Foto

Soy el Enano de la mano larga-larga

Jorge Jiménez (Costa Rica)

Soy el Enano de la mano larga-larga
(novela alter-ego-maníaca)
[fragmento]

Para Ligia y Salomé, para ellas, un eclipse azul

En esta tabla pintada de colores chillones hay un pegoste plástico reluciente y un hueco por donde asoma un Enano. Un ojo se le derrama por el borde del hueco. Manda su mano, obediente y tenaz y recoge el ojo para él. Qué extraño es el cuerpo, piensa el Enano mientras acomoda el ojo en su cuenca. La tabla cae y aplasta al Enano. Exhala un grito sordo y extenuante como el de una fotocopiadora. Se palpa con dificultad y ahora es una superficie plana. Desliza su mano sobre la nariz, aprieta las fosas y la boca, y sopla fuerte. Tras el esfuerzo vuelve a recobrar volumen y hace que la tabla se tambalee. Saca un dedo del zapato, estira la uña, y hace palanca para quitarse la tabla de encima. Se levanta a duras penas y pasa sus dos manos por las mechas que le guindan a los lados de la cabeza medio calva. Se mira las manos y se da cuenta de que tiene una baba verde untada. Este cuerpo mío, después de tantos años, hay veces que parece mi enemigo más acérrimo —dice con la voz entrecortada, como refunfuñando.

§

El Enano desayuna pollo frío y vodka sentado en la banca de un parque. Mira con indiferencia el paso de los otros. Soy un Enano voluntario —dice para sí—. Podría estirarme y superar en tamaño a cualquiera de ellos. Termina de comer y se echa para atrás y dormita. Un paseante se sorprende al ver que del Enano surge un arco iris. Leer Más »

19
jul
Rubi-Foto

La tarea del testigo (fragmento)

Rubi Guerra (Venezuela)

El sanatorio era un espacio célibe. Sabía que se producían juegos amorosos entre los residentes, pero estaban signados por la fugacidad y la precariedad de paseos por el jardín o de un beso robado en un pasillo. Así se lo había explicado su amigo Konrad Reisz. Para él, ni aun estos encuentros fugitivos y, en definitiva cándidos, eran posibles. Su estado de nervios no le hubiera permitido la tensión de un encuentro de esta naturaleza, aun si entre las mujeres hubiese habido alguna que le despertara un poco de pasión. Había vuelto a ser inocente.

Sólo que no podía recodar ninguna época de inocencia. Desde pequeño se había sentido atraído por las mujeres. Niñas de su edad, al principio, y luego muchachas y mujeres, cuando apenas comenzaba a asistir a la escuela. Si las amigas de su madre lo besaban se debatía en sus brazos para disimular el intenso gozo que sentía.
Su primer contacto verdadero con una mujer fue con una prostituta, a los diecinueve años. Una experiencia estremecedora.

En Caracas, estando en la universidad, a medida que su círculo de amigos y conocidos crecía, trató a más mujeres. Hermanas, primas, amigas de sus amigos. Mujeres de los bares a los que concurría acompañando a sus compañeros de clases. Mujeres en las tiendas y en las calles, a quienes que no se atrevía a mirar de frente. Se sentía contaminado por sus deseos. Leer Más »