Poemas
Adalber Salas Hernández (Venezuela)
Tus pies
no recuerdan todavía
ningún paso.
Los espejos
no tienen derecho
sobre ti.
Y esa voz que será tu condena
no ha soplado aún
ceniza en tu garganta.
Hasta ahora
sólo has escuchado
un aleluya
comido en sus bordes
por el óxido,
raído como una madera vieja:
la lengua de lo que está más allá
o más acá de la piel.
En ti solamente hay
la arcilla pura del tiempo,
la tierra heredada
para ser perdida.
Solamente
la dura gracia
de haber nacido. Leer más 
La máquina de hacer niebla
Luis Chaves (Costa Rica)
Titular
La pregunta es:
¿seré tan estúpido
como la música que me gusta?
O la pregunta es:
¿qué se leerá en los titulares?
Un linaje que abandona los bosques
y desarrolla el cromosoma
de la inseguridad.
En el futuro está la mañana
en que te pasearás por el parque
y en la sombra del monumento ecuestre,
para mayor precisión,
en la sombra de la mano
sobre el adoquinado,
colocarás el tetrabrik vacío
como si el benemérito brindara
por vos, por ella, por la patria,
por la tribu de reductores de cabezas.
Pero todavía falta el paso del tiempo,
cubrir esa curva descendente
que el calendario traza
en números enteros,
y la música que escucho
aún no supera la inutilidad
de escribir en verso
lo que a todas luces es prosa.
Alguien tiene que decirlo:
más que literatura,
esto es deforestación. Leer más 
Poemas
Rodolfo Häsler (Cuba/España)
Página uno: lunes. La urraca lúcida
Tengo una urraca que todo lo mira.
Aunque huidiza, ahí está, quizá un azar,
tira de la hebra, un deslizamiento al caer
sobre un montoncito de hierba de Ibirapuera.
En territorio agreste, lejos de mantener la calma
la urraca se manifiesta, insiste en un vuelo sin laberinto,
atraviesa el éter y anula el deseo yéndose por el costado,
se esfuma por el mejor lugar, su juicio en la fronda.
Repite un salto que es una línea, y abarca más,
embauca temprano a su adiestrador.
Celebran ambos la vez, bordea el refrán
siempre a punto de perder la ocasión,
hurgando en tierra mansa, sobre hojas húmedas,
un hondo sentimiento de abandono. Leer más 
Ofelia distraída y otros poemas
Eduardo Valverde (Costa Rica)
Ofelia distraída
sin embargo fue ella
con un pecho de dos lunas saludables y saladas
Violetera con pecho de animala rugidora
que levanta el polvo tras los trenes
para inventar distancias y canciones de viajeros
Violetera me fundó ciudades
en las cavernas del músculo arenoso
y en cada una puso un viejo criador de perros
que lamen sus ruinas monumentales
y olisquean sus ancestros imaginarios
Ofelia o Violetera
o muchacha de tetas como grutas de confianza
donde imaginar el fuego y tallarlo con palabras
me fundó ciudades y les acercó el viento
con un gesto del vestido
ciudades donde había solo ecos en reposo
y les puso parques que hospedan la niebla
para que los niños asesinos duerman y sueñen
sus venganzas
les acercó el viento Violetera
con un tañer de falda lleno de ánimos de pájaro
o de todo lo que vuela
Poemas
Camila Ríos Armas (Venezuela)
Entre más de cuatro paredes
Hay fines de semana que son de encierro
de no querer extender los brazos ni piernas bajo el aire
menos en una ciudad
que cada vez se agota más en sí misma
Hay fines de semana
como este
en el que extiendo mis brazos y mis piernas
sobre los brazos y las piernas
del otro
del que es amado
de aquel que tampoco encontró alivio en el exterior
Entre más de cuatro paredes
pero entre encierro y encierro
de cuarto en cuarto
de pérdida en pérdida
a veces
los miedos se neutralizan
el futuro cristaliza sus profundidades
y la
temporalidad
pierde el carácter de efímero
para perpetuarse entre las dos sábanas
que ahora somos
Irse
Santiago Acosta (Venezuela)
Bendícenos, Señor, a los que tenemos poco tiempo y mucho futuro.
Tienes que complacernos, Señor, porque así somos,
impacientes y desvergonzados. Porque hemos sufrido.
Ya sabemos que no todo es estar drogados en las montañas,
no todo es hacer mapas de nada y pensar en la nada y sentirse vivos.
Lo hemos aprendido por las malas, Señor. Hemos cambiado,
hemos comprendido. Bendícenos, Padre,
a los enemigos de la esperanza,
a los que nos fuimos, a los que renunciamos,
a los descerebrados por el virus del miedo,
a los que sólo vemos en el presente la escoria del mañana.
Nuestro país era jugos vaginales, paisajes degollados, intermitencias.
Me duele la mandíbula cuando recuerdo lo pequeño que era.
Mi país era una diosa de cemento a la orilla de un río envenenado.
Yo creía que mi país estaba en mi cuerpo
pero mi cuerpo es incorruptible y no hay país que sea un cuerpo.
¿Recuerdas, amor, todos esos días viajando solos,
mirándonos a través de ventanas que no eran nuestras?
Sólo había que resistir un poco más,
sólo teníamos que olvidarnos de nosotros. Leer más 
Duelos desiguales
Paúl Benavides (Costa Rica)
No muy lejos de aquí
No muy lejos de aquí arde una ciudad del sur,
se quema en silencio monocolor
y ninguna sirena aúlla por las avenidas.
Un motociclista púber sin casco y con corbata,
tan pálido como la cara secreta de la luna
se juega la vida sobre el asfalto a la hora express,
y el agua cae en la ciudad del sur
entre el olvido y la memoria.
Un digitador ya no distingue el índice del pulgar
y una muchacha muy muchacha descubre a Dios
en una máquina tragamonedas.
Al sur del sur o al norte de ninguna parte
el mundo gira como de costumbre
y alguien tira colas de langosta
entre cisnes de oro y peces de plata
mientras el agua se hierve en ondas subacuáticas,
pero una ciudad del sur tropical se cura
las heridas con el sueño y la risa
y ninguna alerta suena por sus calles. Leer más 







