La disección de una casa
William Eduarte (Costa Rica)
living
viviste en un edificio
con el ruido constante de los vecinos
ese movimiento triste que parece una lengua
en el oído medio
viviste en un edificio
con su propia sequía
con un ascensor pequeño
con un pasadizo que no conectaba con nadie
con nada
todos los días la misma puerta
la perilla que activa tantas manos
a punto de las lagrimas
sobre las colchas
Cuatro poemas de La O azul
Jairo Rojas (Venezuela)
1
lo que me digo para usted
es que el agua saltó de más arriba de las regiones
del frío
y ahora anda unida al extenso firmamento
azul sobre azul
y a su huella vamos hundiendo la cabeza
en su pecho
cortando nuestra lengua torpe para escuchar su color
es lo que hay:
puntos de agua rara donde crecimos
y picos que bajan en la noche Leer más 
Patience: After Sebald, de Grant Gee
Leandro Fanzone (Argentina)
Con precaución, a la mañana me había dispuesto a releer Los anillos de Saturno; para cuando llegó la hora de salir, ya estaba permeado por ese ánimo bajo y taciturno que emanan todos los libros de Sebald. Afuera ya era de noche y había una niebla extraordinaria; crucé Buenos Aires hasta La Boca, donde estaba el cine, y me quedé observando ese lugar habitualmente colmado ahora vacío de personas, con una bruma encendida de luces vagas flotando sobre el Riachuelo, el puerto abandonado hace tantos años… Sebald conjuraba. Lo que sigue es una forma dilatada de una proposición adversativa. Leer más 
Dos poemas
Gabriela Rosas (Venezuela)
Los Blandos
Los blandos se queman por dentro
muerden sus labios
viven de emociones
De noche sueñan que otros blandos existen
que también existen
Los más experimentados se disfrazan siempre
pero su máscara no los habita
Un blando sin su máscara Leer más 
La mudanza
Leo Felipe Campos (Venezuela)
Esa noche pensé por unos instantes en el futuro. Acababa de mudarme por vigésima vez, pero era la primera que lo hacía junto a una mujer que amaba y no era mi madre.
El lugar, cuando llegamos, se veía simpático, pero sin alma. Lo supimos convertir en el refugio encantador de una generación de amigos que a partir de entonces tuvieron su espacio propio para reír por las noches. Había un tubo atravesado en la sala, un baño pequeño, un cuarto que nacía desde la nada, a mitad de la cintura, desde una pared, y un patio que daba hacia un cerro lejano con casas pobres. Allí construí y compartí un hogar desde cero no solo con alguien distinto a mi madre, sino, también, a cualquier compañero del trabajo o la universidad.
Fue la vigésima de mis mudanzas y estaba con una mujer que amaba, o que creía amar, después creí amar y finalmente supe que no amaba, para contradecirme durante años, una y otra vez hasta mañana, cuando vuelva a despertar.
De niño solía soñar con una cocina amplia y brillante, y una mujer en ella, sirviéndome el desayuno con una de mis franelas sobre su cuerpo flaco. El desayuno era un cereal, un sandwich, algo leve e infinito, como la imaginación infantil. Yo era muy pequeño, pero ya tomaba café en las mañanas y en las tardes, y me gustaba soñar eso porque me hacía sentir grande. Leer más 
Tres poemas inéditos
Jacqueline Goldberg (Venezuela)
Mar que repele
Cada año, a fin de año,
vamos a la mar.
El esposo y el hijo me dejan a solas.
La mar es estar sola.
Leer, dormitar, anhelar.
Requiero tales grietas.
Estamos como cada año en una isla,
frente a la mar.
Ha ocurrido el almuerzo.
Los míos van a la habitación,
yo, al atiborrado mediodía.
Me recuesto bajo el quitasol,
el ruido es voraz,
la arena raya mis ojos.








