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Entradas de la categoría ‘Vol. 30’

3
ago
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El otro desierto

Miguel Gomes (Venezuela-USA)

Desde hace cuatro o cinco días oye aquellos golpecitos. La primera vez, recién llegado del trabajo, intentando inútilmente divorciarse del Museo y la tirantez que se sentía en el despacho, había salido al patio a tomarse un agua tónica mientras se abanicaba con el periódico, porque hacía un calor de miedo, y en el preciso momento en que iba a estirarse en la tumbona empezó a repetirse el toc-toc, toc-toc.Pero no lograba captar de dónde salía. Ya le había advertido Sarah que estaba quedándose sordo, a más no poder, sordo insoportable, de los que vencían todas las paciencias que una mujer pudiera tenerles. Aunque Sarah no se había ido por eso; claro que no. Se había ido porque el cordón umbilical lo tenía corto, cada dos o tres meses volvía a endurecérsele, a reclamar cosas, y él tampoco sabía cómo tenerle paciencia. Vete con tu madre, si quieres. Ella quería, no tenía él que repetírselo. Hacía las maletas en cuestión de minutos, la de ella y la de la niña. Vete a pasar una temporada con tu madre, si quieres, y apenas acababa de sugerírselo ella estaba a punto. Vuelvo en un par de semanas. Pese al potencial descuento no compraba pasaje de regreso, para no sentirse presionada; decía que ya le avisaría cuándo iba a regresar; tal vez antes del 16 de agosto, porque tenía una cita ese día; pero segura no estaba. Leer Más »

2
ago
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Hotel Holanda

Olga Colmenares Morett (Venezuela)

Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.

Julio Cortázar

Podría haberme negado, pero no lo hice. Su proposición me resultaba repugnante. Me costaba incluso imaginarlo. Me repetí mil veces la imposibilidad de sus deseos, aunque admito que parte de mí insistía, justo la fracción que parecía dominar al resto: el miedo a perderlo por una cobardía infantil, que dejara de ver en mí a una mujer. Traté de convencerme de que no era algo malo, sólo posaría para él. Desnudarme, posar y marcharme; ese era mi plan. No tenía por qué involucrarme, era imposible que una simple fotografía cambiara algo en mí. Sin embargo, estaba a punto de descubrir que un giro, aparentemente, mínimo puede determinar la vida entera. Un par de años después de la noche en el Hotel Holanda seguía siendo la otra que dio vuelta en una esquina invisible en el mapa. Ingenua, pensaba que una fotografía no podría dejar marcas en mi piel, sólo debía respirar profundo y seguir la vida con un episodio más para ocultar o narrar. Me enfrentaría al pequeño ojo espía de su cámara, su cámara que era un ejército mercenario oculto entre sombras. Había sido ya modelo de sus fotografías, mi cuerpo desnudo se volvía liviano en él y el pudor desaparecía ante su ojo inquisidor, pero aquella vez no se trataba de lo mismo. Leer Más »

2
ago
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En el camino del cisne

Leila Guenther (Brasil)

*

Yo podía haber hecho más. A lo mejor, podía haber hecho alguna cosa. Y es que era tanto. Había ganas y deseo. Y también algo que inútilmente intenté poner en palabras. Hubo un tiempo, el tiempo de la vida, en que todo a mi alrededor, o en mí misma, tenía tanta fuerza y era tan verdadero que podría haberme transformado en una artista o quizá hasta destruirme. No sucedió ni lo uno ni lo otro. Apenas quedaron los vestidos, de tejidos finos y leves, capaces de entrar en un pequeño bolso de mujer.

Mucho tiempo antes de eso, alimenté a un perro sin dueño mientras comía un sándwich en un café, muy lejos de aquí. Estaba en una mesa, al aire libre, cuando él se aproximó con ojos hambrientos. Agarré un pedazo de jamón del sándwich y lo acerqué a su boca. Él se lo tragó prácticamente sin masticar. Entonces partí un pedazo más grande, esta vez con pan y queso, y lo deposité en la palma de mi mano: él comió de ella, lamiendo mi línea de la vida. No fui madre, pero supongo haber experimentado algo muy parecido, como si hubiese ofrecido mi leche a una pequeña criatura. Yo alimenté a un ser con mi propia piel, después de eso, nadie puede ser el mismo. Pero, debió suceder más tarde, cuando ya estaba preparada. El rumbo de las cosas hubiese sido otro, sin esas peregrinaciones diarias por las calles de este barrio, en busca de un gesto de humanidad: la ventaja de un buen barrio es que siempre se es tratado bien en cualquier parte. Si vislumbra la dedicación verdadera de las vendedoras, solícitas y dispuestas, que me llaman por mi nombre. Leer Más »

2
ago
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Retrospectiva: ocho pinturas

José Miguel Rojas (Costa Rica)

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2
ago
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Filiberto Cuevas: el tiempo predador

Miguel Ángel Campos (Venezuela)

Viaje al petróleo con cielo nublado

Ponemos rumbo al sur para ir al oeste; cuando las líneas rectas no son expeditas y el camino está minado, es preciso alejarse para alcanzar el objetivo. Tito, al volante, escruta el horizonte: cielo de manchas plomizas y ráfagas frías en la región más calurosa de Venezuela—sólo auguran un chaparrón. Se desprenden algunas gotas y el diluvio parece inminente. Los tarantines a la orilla de la carretera se estremecen, sus propietarios echan un ojo al horizonte y siguen hojeando su resto de periódico de hace dos semanas; después de todo aquí la indolencia es un buen antídoto contra la angustia. Yucas y auyamas tendrán sus compradores tarde o temprano; ya atrás, en el fondo del patio, el monte crece, segura inversión de estos buhoneros de carretera.

Ángel Viloria, quien ha llegado de San Antonio de los Altos para esta excursión, recuerda sus andanzas por la zona en sus días de estudiante de la Facultad de Ciencias. Reparamos en cómo se han poblado las márgenes: es la lejana periferia de la ciudad de Maracaibo, el avance de pequeñas manchas, casuchas y negocitos de toda especie. De fondo el espejismo de lo que alguna vez fue selva de galería, nada que invite a otra reflexión que no sea la de la indolencia y el abandono. La tierra baldía se gratifica con la lluvia, ella es un espectáculo en sí: colapsada en el tiempo y resguardada por ahora de la erosión, de la depredación de los sin casa. Pero los ranchos avanzan. Todo se reduce a despejar y luego sembrar de estacas y carpas de cartón, en un año habrá un barrio demencial. Por ningún lado vemos prospectos de siembra, agroindustria, promesa de trabajo humano a gran escala, nada. Abundan, sí, las fotos del presidente de la República retratado con el alcalde del municipio que corresponda; es la incitación al desmayo, a la inercia y la desesperanza. Leer Más »