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Entradas de la categoría ‘Vol. 32’

30
ago
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De Latinoamérica al cielo: seis poemas

Timo Berger (Alemania)

Dos poetas en el desierto mexicano yendo hacia la frontera

México, lugar donde / nunca estuve
lugar de añoranza / y clamor

Detrás de nosotros, muertos / Delante de nosotros, muertos / Tomamos el rifle y apuntamos / Si no matamos nunca / A nadie / Sólo el tiempo / Con los versos / Alguna mosca / Como esa que vuela / Por sobre mi hombro / Oliendo la sangre / Que no para / De gotear

Nuestros perseguidores / Me cortaron / El brazo / Pero no podemos atender / A los heridos / Tenemos que avanzar / Para llegar / Antes de que caiga / La noche / Tropical / En que siempre te vuelves tan cariñoso / Y la gente común se muere / Del frío

Lo que nos trajo / Hasta acá, confieso / El porro y la coca / Una misión desde sus cimientos fracasada / La Revolución Internacional / O el simple deseo de cambiar nuestra máquina de escribir / Por una vida aventurera / Y veloz Leer Más »

30
ago
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“El pez pronunció tu nombre”: seis poemas

Natalia Litvinova (Bielorrusia)

El viento tiene que cortar

el pez pronunció tu nombre bajo el agua.
yo cabalgaba. quería escapar de lo tatuado en el cuerpo.
arañé al caballo para galopar más fuerte.
el viento tiene que cortar los tímpanos.
pero tu nombre resonó.
como los latidos del tambor en una tribu que espera lluvia.
como el salpicar del agua cuando el salmón salta contra la corriente.
como el chasquido de los dientes del oso ante la astucia del salmón.

Propiamente

No hay palabra apropiada.
Lo propio —no pertenece.
Lo apropiado llora en una cárcel abierta.
No es apropiado. Que llore. Leer Más »

30
ago
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Una forma de olvido: poemas

Javier Payeras (Guatemala)

I

malditos sean los lunes
con sus labios muertos
con sus devaluaciones y fragmentos
con el agua envenenada de tiempo
con la tierra estremeciéndonos los huesos
el lunes
es el día favorito de los acreedores y las plagas
perfecto para asesinar por dinero
para colgar de los buses
y subrayar los periódicos
la ciudad es un eterno lunes podrido
se vive para asolear la sangre
para ser regañado / atropellado / eliminado… Leer Más »

30
ago
Ocando-Foto

Solus ipse

María Ocando (Venezuela)

Dolía la muerte próxima aún sin ser videntes de nuestras sentencias. Habíamos madurado en nuestras manos. Anticiparse al pánico del vuelo. Dolía la fiebre y dolía el encierro. El himno recitado a media asta fue una evidencia rebatible y pasajera—hubo mayores y más crueles pruebas que a tiempos dieron testimonio a nuestro favor. Dolían la noche negra y las autopistas inundadas, el intento de rescatarse desde un vacío infranqueable, agotando la voz. El perdurable exilio de la realidad a manos del lenguaje imponía su ley: nacer en la mente, morir en la mente, vivir en puentes falibles.

Lo que ardía era un miedo hermoso; un insulto contra lo debido y lo hecho credo, seguir errando de más y exquisitamente, haber hecho hogar en el exceso.

Dolió sobre todo la súplica negada por la soberbia, resguardada en el alivio de un silencio que se nutrió de ruegos: un cero que aterraba.

Salvó, más allá de un sollozo lejano, saberse centinela de la enfermedad que habitaba el cuerpo. Leer Más »

30
ago
Jonathan-Pimentel

Almohada

Jonathan Pimentel (Costa Rica)

Hacer un corte perpendicular en el torso, una incisión fina para que la sangre no arruine el plumaje o, más precisamente, un orificio para que sea posible drenar la sangre con una manguera diminuta. Todo se dificulta puesto que una mano debe apoyar la cabeza, que no deja de revolverse, y la otra realizar el procedimiento. El uso de guantes imposibilita, casi completamente, la ejecución correcta. Es necesario que la piel se acostumbre a los estertores inevitables de la grandeza. En general, la piel está educada para tanteos inocuos con abismos y cúspides; un cuerpo que se revuelve combina ambos y, sobretodo, temperaturas. El guante, con su oferta anti-microbiana, ofrece llanuras, nada más.

—Las dimensiones no deben resaltar lo diminuto de la silla. Una punta debe ser abultada y estar parcialmente recortada. Ese corte me permitirá ocultar pequeñas piedras y, apenas, acceder al interior. La punta opuesta debe ser imprecisa y corrugada. Las dos puntas restantes las arreglaré yo después. Muchas plumas, claro. Me gustaría golpearla y sentir que el golpe me toca a mí. Apenas un contacto, no quiero dolor, sólo la sensación de reciprocidad que  brinda  el retorno de algo que ha salido de mí. Lo que vuelve no es igual, yo sé, pero en la reciprocidad puede reconocerse algo propio, íntimo. Leer Más »