Sonia y su cuento de hadas / Ilyá Kamínsky
Ilyá Kamínsky (Rusia-Estados Unidos) | Traducción: G.A. Chaves (Costa Rica)
Sonia y su cuento de hadas
Estos poemas pertenecen a un libro inédito titulado Deaf Republic (República Sorda). Se trata de la historia de una mujer embarazada y su esposo, quienes viven durante una epidemia de sordera y disturbios civiles. El manuscrito original fue hallado bajo las tablas del piso en una casa de Europa del Este. Existen varias versiones del manuscrito. (Nota del autor.)
Para su esposo
Alfonso, esposo mío hermoso, estas palabras
no las puedes oír.
Cuando despiertes, silente mío, todas ellas se harán realidad.
Escúchame contar este cuento
desde los confines imaginados de la tierra.
Entiende que te lo cuento para que sean nuestras
las horas: Leer más 
Toro y el Chavo
Alejandra Zina (Argentina)
Me mudé de país para mudarme de océano. Espero no volver a verlo más. De verdad espero que se olvide de mí y yo de él.
Unos amigos argentinos me consiguieron la cabaña en donde vivo y el trabajo en la playa. Con eso me alcanza, no digo para ser feliz, pero sí para dormir de corrido y sin pesadillas.
Las noches de Mazunte son tremendas. El cielo es un espectáculo de astros y satélites, y el Pacífico se pone tan negro, tan negro, que parece la boca de un aljibe gigante.
Si quiero distraerme, voy a la feria en donde puedo comer unos tacos, jugar al bingo y tratar de ganar en los tiros un peluche para Fede, el nene de mis amigos.
Si quiero compañía, voy al bar de Torosito. Toro es de la capital, pero se vino hace años por un problema en los pulmones. Los médicos dijeron que el smog la estaba matando y que sólo la podía salvar el aire húmedo y salado de la costa. Leer más 
La máquina de imaginar
Carlos Cortés (Costa Rica)
“Nada es real si no lo escribo”, decía Virginia Woolf. Por lo tanto, nada es real si no lo reescribo, es decir, si no lo leo, porque la escritura y la lectura son actividades reflejas. Se empieza siendo lector y luego escritor y estos papeles se intercambian a lo largo de la vida, en muchas ocasiones a partir de los mismos textos, al punto de que para mí es difícil diferenciarlos. Escribir es volver a leer, leerse y releerse en un laberinto de espejos, en un zigzag de textos que se muerden la cola y forman un árbol en una selva de significados.
No sé cuándo empecé a leer pero sí me acuerdo de cuándo me fascinó el lugar de donde provenían las historias. La máquina de imaginar. En 1967, a mis cinco años, cuando nos trasladamos a otra casa, en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, se estableció cada noche un ritual con el acto de contar historias. Mi padre afectivo, Ricardo Esquivel, el esposo de mi tía, nos convocaba a cenar y una vez terminada la comida desaparecía un momento y luego volvía a aparecer y me enviaba a mí a la biblioteca, que no existía aún. Leer más 
Un día de caza
Daniel González Sánchez (Venezuela)
Ir de cacería con papá era siempre una especie de transformación. Nos levantábamos, desayunábamos, salíamos de la ciudad en el coche en silencio, aparcábamos frente al bosque, sacábamos las armas y nos preparábamos; sentía una mezcla entre ansiedad y alegría, aunque tenía la certeza de que con papá todo saldría bien, que recordaríamos el paseo por siempre. Con cada paso silencioso sentía que me convertía en un animal, el silencio me absorbía y me aturdía hasta nublarme. Cuando volvía la mirada y ya no había camino, ni coche, ni nada, sólo la claustrofobia del bosque, entonces era cuando estábamos realmente de cacería.
Salvando lo trágico de la cacería, esas salidas me llenaban de felicidad, pero no todos los recuerdos son buenos, este al menos no lo es. Buscando presa, papá, que era un excelente tirador, disparó. Al acercarnos vimos que había matado a un pájaro carpintero. El pájaro estaba allí tirado, abatido, sangrando a veinte centímetros de nosotros. La incertidumbre era intensa y yo no sabía si alegrarme o entristecerme. No quería decepcionar a mi padre. No sabía si sentirme cazador, víctima o sólo un testigo imparcial. Lo único cierto era que el pájaro se tragaba nuestro tiempo, nuestras certidumbres. Ese cadáver tan bello, tan inocente y frágil, nos señalaba el vacío del asesino. La ruptura era inevitable. Miraba al pájaro y a mi padre buscando un anclaje, un sabor, un llanto. Leer más 
La nieve sobre Madrid
Juan Carlos Méndez Guédez (Venezuela)
a Nicolás Melini
Hundió su rostro en la toalla gris que su esposa colocó junto al lavabo. Tardó varios segundos en descubrir que estaba llorando. Se entregó a esa sensación. Le gustó. Era como bucear en el fondo de un río, como moverse en una quietud de burbujas y lodo. Pensó en un alga. Pensó en el movimiento bamboleante de un alga que se deshace.
Al salir del baño Rubén preparó el desayuno. Comieron todos sin sentarse a la mesa y él se puso una corbata color aceituna. Repitió el nudo cuatro veces. Intentó parecer elegante pero siempre le salió un bulto deforme, una rana aplastada.
Su esposa terminó de vestir a la niña. Luego murmuró que los esperaba en el estacionamiento con el coche encendido. Rubén siguió peleando con la corbata hasta que la guardó en el armario. Cuando ya iban a bajar sonó el teléfono fijo. Manuela le dijo que había preparado hayacas, que cuando pasase por la tienda le regalaría una. Eufórico se lo comentó a su hija y ella lo miró sin comprender.
En el ascensor le pareció escuchar una radio en la que se informaba sobre múltiples atascos. Pensó en la hayaca. Imaginó que mordía aquella masa dorada y que el olor humeante de las hojas de plátano saltaba hasta su rostro. Lástima que debiese compartirla con su esposa. A ella no le gustaban pero él se la ofrecería por educación; ella comería un par de trozos. Luego mirarían hacia el frente; en silencio. Leer más 
El gato de los últimos días
Diego S. Lombardi (Argentina)
La situación comienza a irse de las manos. El video se está propagando de forma viral y la intención de tales atentados sigue siendo un misterio. Según la última información divulgada en la red, su creación es atribuida a una, hasta hace un tiempo desconocida, secta denominada Tempest. De momento no hay más datos al respecto y lo único que está bien definido es su modus operandi. La técnica es bien sencilla; basándose en la premisa de que la observación del video en ciertos estados susceptibles puede activar nuevas conexiones neuronales, con la intención de encontrar al espectador en posición receptiva y vulnerable, abiertos sus focos de atención como poros, esta forma de terrorismo virtual ya se ha cobrado sus víctimas mediante la inclusión del video bomba, que no llega a los tres minutos de duración, dentro de otros videos de todo tipo de temática.
Como una especie de parásito, en cualquier momento de un video cualquiera puede aparecer el logo, complejo y en algún punto similar a un mandala tibetano, que los medios no tardaron en bautizar “Sello Tempest”; prosigue al mismo una secuencia de imágenes que, en conjunto con sonidos indescifrables, generan en el observador una perturbación tal que ya no es novedad la noticia de que varios alumnos de un colegio de Clorinda bebieron de la cisterna de la locura mientras se les proyectaba un documental de la revolución francesa descargado de Internet. Leer más 









