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Entradas de la categoría ‘Vol. 34’

27
sep
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Sonia y su cuento de hadas / Ilyá Kamínsky

Ilyá Kamínsky (Rusia-Estados Unidos) | Traducción: G.A. Chaves (Costa Rica)

Sonia y su cuento de hadas

Estos poemas pertenecen a un libro inédito titulado Deaf Republic (República Sorda). Se trata de la historia de una mujer embarazada y su esposo, quienes viven durante una epidemia de sordera y disturbios civiles. El manuscrito original fue hallado bajo las tablas del piso en una casa de Europa del Este. Existen varias versiones del manuscrito. (Nota del autor.)

Para su esposo

Alfonso, esposo mío hermoso, estas palabras

no las puedes oír.
Cuando despiertes, silente mío, todas ellas se harán realidad.

Escúchame contar este cuento
desde los confines imaginados de la tierra.

Entiende que te lo cuento para que sean nuestras
las horas: Leer más »

27
sep
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Toro y el Chavo

Alejandra Zina (Argentina)

Me mudé de país para mudarme de océano. Espero no volver a verlo más. De verdad espero que se olvide de mí y yo de él.

Unos amigos argentinos me consiguieron la cabaña en donde vivo y el trabajo en la playa. Con eso me alcanza, no digo para ser feliz, pero sí para dormir de corrido y sin pesadillas.

Las noches de Mazunte son tremendas. El cielo es un espectáculo de astros y satélites, y el Pacífico se pone tan negro, tan negro, que parece la boca de un aljibe gigante.

Si quiero distraerme, voy a la feria en donde puedo comer unos tacos, jugar al bingo y tratar de ganar en los tiros un peluche para Fede, el nene de mis amigos.

Si quiero compañía, voy al bar de Torosito. Toro es de la capital, pero se vino hace años por un problema en los pulmones. Los médicos dijeron que el smog la estaba matando y que sólo la podía salvar el aire húmedo y salado de la costa. Leer más »

27
sep
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Muestra plástica de Anne Kratz

Anne Kratz (Estados Unidos)

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27
sep
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La máquina de imaginar

Carlos Cortés (Costa Rica)

“Nada es real si no lo escribo”, decía Virginia Woolf. Por lo tanto, nada es real si no lo reescribo, es decir, si no lo leo, porque la escritura y la lectura son actividades reflejas. Se empieza siendo lector y luego escritor y estos papeles se intercambian a lo largo de la vida, en muchas ocasiones a partir de los mismos textos, al punto de que para mí es difícil diferenciarlos. Escribir es volver a leer, leerse y releerse en un laberinto de espejos, en un zigzag de textos que se muerden la cola y forman un árbol en una selva de significados.

No sé cuándo empecé a leer pero sí me acuerdo de cuándo me fascinó el lugar de donde provenían las historias. La máquina de imaginar. En 1967, a mis cinco años, cuando nos trasladamos a otra casa, en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, se estableció cada noche un ritual con el acto de contar historias. Mi padre afectivo, Ricardo Esquivel, el esposo de mi tía, nos convocaba a cenar y una vez terminada la comida desaparecía un momento y luego volvía a aparecer y me enviaba a mí a la biblioteca, que no existía aún. Leer más »

27
sep
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Un día de caza

Daniel González Sánchez (Venezuela)

Ir de cacería con papá era siempre una especie de transformación. Nos levantábamos, desayunábamos, salíamos de la ciudad en el coche en silencio, aparcábamos frente al bosque, sacábamos las armas y nos preparábamos; sentía una mezcla entre ansiedad y alegría, aunque tenía la certeza de que con papá todo saldría bien, que recordaríamos el paseo por siempre. Con cada paso silencioso sentía que me convertía en un animal, el silencio me absorbía y me aturdía hasta nublarme. Cuando volvía la mirada y ya no había camino, ni coche, ni nada, sólo la claustrofobia del bosque, entonces era cuando estábamos realmente de cacería.

Salvando lo trágico de la cacería, esas salidas me llenaban de felicidad, pero no todos los recuerdos son buenos, este al menos no lo es. Buscando presa, papá, que era un excelente tirador, disparó. Al acercarnos vimos que había matado a un pájaro carpintero. El pájaro estaba allí tirado, abatido, sangrando a veinte centímetros de nosotros. La incertidumbre era intensa y yo no sabía si alegrarme o entristecerme. No quería decepcionar a mi padre. No sabía si sentirme cazador, víctima o sólo un testigo imparcial. Lo único cierto era que el pájaro se tragaba nuestro tiempo, nuestras certidumbres. Ese cadáver tan bello, tan inocente y frágil, nos señalaba el vacío del asesino. La ruptura era inevitable. Miraba al pájaro y a mi padre buscando un anclaje, un sabor, un llanto. Leer más »