Saltar al contenido.

Entradas de la categoría ‘Vol. 5’

8
jul
Desierto

El desierto

Miguel Gomes (Venezuela)

Hoy será un día diferente: lo sabes porque apenas despiertas te das cuenta de que no deseas a nadie y probablemente no lo harás más. No figura entre tus expectativas el placer de tocar o poseer otro cuerpo. Sería fácil reducir esa certidumbre a una renuncia monacal, pero estás convencido de que no se trata de algo tan simple. Sucede que, de repente, aquello (llámese lujuria, sexo, cupiditas, lo que sea) se presenta aburrido, ajeno, tan sin sentido como sostener una conversación sobre el estado del tiempo con los vecinos. Leer más »

8
jul
Zeron-Foto

Tres poemas

Lina Zerón (México) | Sitio Web: Lina Zerón

Un gran país

Vivo en un país tan grande que todo queda lejos:
la educación Leer más »

8
jul
Mares-Malas

Marés

Laura Flores (Costa Rica) | Sitio Web: El Sur de Cualquier parte

El gato no para de maullar, enroscado en el fondo de la caja de cartón que le sirve de jaula. Yo me hago la loca. Me imagino el cuerpo de Marés, encogido y seco, encima de la cama, y me dan ganas de tirar a su gato por la ventana, justo ahora que vamos pasando frente al cauce oscuro del Mapocho. Hay ríos tristes, pero ninguno como esta cosa gris que nunca terminará de cicatrizarle a Santiago. Leer más »

8
jul
Gustavo-Poemas

Dos poemas domésticos

Gustavo Solórzano-Alfaro (Costa Rica) | Sitio Web: La Casa de Asterión

Visita (dominical)

La sangre se vuelve agua y cae como cruces. Los pasos son aproximaciones de tigre hacia el cadalso.

Estas reflexiones hechas con base en pan y agua forman la argamasa de un castillo gigantesco donde duermen las doncellas antes de ser inmoladas porque así lo piden las buenas costumbres y el deseo.

Leer más »

8
jul
Ednodio-Cuento

Un cuervo

Ednodio Quintero (Venezuela)

Habían dejado mi ataúd a la intemperie, a merced de los pájaros carroñeros, que no eran precisamente aves caroreñas ―te acuerdas, hija mía, de la risa que nos causaba aquella confusión tuya cuando aprendías a leer―, a merced del viento sesgado e insidioso que soplaba denso, quemante y carrasposo desde las regiones infernales. Yo yacía en el fondo del ataúd, enfundado en mi mortaja de lino enchumbada de sangre, semen y sudor. Aunque hacía ya mucho tiempo que había muerto, permanecía atento a los ruidos estridentes del exterior y al silencio, y aquí sí que cabe la palabra sepulcral, de mi corazón. Leer más »