Saltar al contenido.

Artículos Recientes

14
dic

Recortes

Juan Marcos Almada (Argentina)

Almada Portada Fija

a la memoria de Nicéforo “Vasco” Pérez
a Christian “El elegido” Nieto

Yo fui novia de Goyo Peralta cuando todavía no era Goyo Peralta; es decir, ya era Goyo Peralta, pero todavía no era el Goyo Peralta que después conocieron todos.

Se murió a los sesenta y seis años en Rosario, de una miocardiopatía. Me dio mucha pena, pobre. Lo leí en el diario en el que estaban envueltos los huevos. Mirá qué venir a enterarme así de su muerte, en un diario viejo. La vida tiene esas cosas.

Era del treinta y cinco, un año menor que yo. Hoy tendría setenta y cinco años.

Once hermanos eran; Goyo el mayor. Cuatro de ellos también fueron boxeadores. Carlos, Mino, Abel y Abenamar, que llegó a ser campeón argentino de los medio pesados. Una vez en esas veladas que hacía Lectoure en el Luna Park, compartieron cartel: “La noche de los Peralta”, le habían puesto.

Una vuelta, cuando eras chiquito, me dijiste “qué fiero que es ese hombre mamá”. Era Abenamar Peralta, ya de viejo. ¿Sabés quién fue Abenamar?, el papá de María María, la chica del quiosquito de la Roca, frente a zoonosis. Nada que ver con Goyo, que era muy pintón. Estaban todas enloquecidas por él. Se dice que hasta anduvo con Ámbar Lafox, cuando ella estaba en el candil. Que en realidad se llamaba Amanda Lanusse, Ámbar Lafox era su nombre artístico. ¿Sabés quién era Ámbar Lafox?, la mamá de Reina Reach. Leer Más »

14
dic
Miguel-Hidalgo-Prince--(©Alexis-Pablo)

Mi padre El Veterano

Miguel Hidalgo Prince (Venezuela)

La primera golpiza me la dio mi padre. Yo era un renacuajo de diez años y pocos kilos. De niño era tímido, me gustaba estar en la casa y lo mío era tocar la mandolina y ver El Pájaro Loco a las cuatro. Pero con sus propias manos mi padre me hizo sustituir la música y la tele por el cuadrilátero.

–Presta atención –me dijo mientras yo me sobaba los moretones–. Si no quieres que te jodan en la vida, aprende a usar los puños.

Mi madre sufría. No quería que yo fuese la fotocopia de mi padre. Decía que el boxeo era deporte de hombres desesperados. Pero simplemente no pudo hacer nada. Por un lado, en el colegio me sometían y me ponían sobrenombres de lo enclenque que era. Por el otro, mi padre se estaba ensañando conmigo. Así que me dediqué a sacar músculos y aprendí a lanzar coñazos.

También troté. Como un desgraciado, troté todas las mañanas del resto de mis días. Subía y bajaba el José Félix Ribas completico. La verdad es que a mí no me gustaba madrugar. Para eso estaba mi padre. Me vaciaba un tobo de agua fría encima cuando yo estaba a mitad de un sueño.

–A trotar –decía sin adornos, su única manera de decir buenos días.

Aún no salía el sol y yo ya estaba dándole vueltas al barrio. En esos momentos solamente pensaba en el box. Mi padre había sido peso gallo amateur en su juventud. Encontré el álbum en el fondo de una gaveta un día que buscaba papel para forrar un cuaderno. Mi padre saltando la cuerda, mi padre golpeando el saco, mi padre rematando una pera con un gancho de zurda, mi padre en guardia, mi padre con una toalla alrededor del cuello y media sonrisa, mi padre haciendo una pose para la cámara, mi padre levantando los brazos en señal de victoria. Leer Más »

14
dic
Genovese-Foto

Escribir a los golpes

Omar Genovese (Argentina)

La literatura y el box no tienen nada en común. Es más, nada tiene que ver con el box más que un negocio en torno a televisaciones y apuestas. Fue así, y lo sigue siendo, hasta el arribo de Cassius Clay –que escapó al combate real en Vietnam y volvió convertido en Alí–, con una habilidad pasmosa que se podría comparar con la de Locce, a saber: no me dejo pegar porque el golpe en el aire del rival lo cansa el doble. Pero Alí, además, usaba su cuerpo para cansar al rival que, extenuado de soportar su peso, perdía con pocos golpes precisos o con la resta de puntos por incapacidad manifiesta. Luego, por exceder los límites, estaba su velocidad con las piernas, brazos y palabras. Y el registro de su sagaz oralidad es lo más cercano al arte del amor propio en estado irónico, a la declamación de ése lugar que lo social le reclamaba como Adonis de la inminente modernidad doblegada en el marketing. Y también, del señalamiento crítico hacia la cosificación esclavista del boxeador… La oralidad de Alí era poética limousin, traía noticias de un territorio de semidioses, un tanto payasesco y triste. Eso es lo que tengo que decir respecto al box y la literatura. Todo lo demás, es aire viciado con aspecto laberíntico. Ni los poemas de Palma (no Dante, el paje mediático del pensamiento límpido nativo), ni el management de la felicidad desde la pobreza de Maravilla Martínez, me conmueven. Es más, recuerdo apenas el día en que murió Carlos Monzón, experto en hacer bolsa (literal y simbólicamente) a las mujeres. Pero calma, la humanidad ha dado muestras de grandeza y hoy también ellas boxean. Luego están los rumores: al fin, que el combate más importante de la historia (¿cuál historia?) lo organizó el rompedor de manos de boxeadores idealistas más rico, Don King, a quien la urbanidad picaresca de Buenos Aires le sustrajo la billetera, lo que demuestra que la delincuencia argentina hace política en el llano.

El box es una lucha mortal diferida que cuando falla el temporizador entrega un cadáver legalizado. Sí, el matador no va preso. A lo sumo se siente culpable, visita a la familia del rival, lagrimea sombrío, y la justicia (universal, mediática) acepta las disculpas por la desgracia. Eso lo hace una actividad de masas asesinas: la muerte de un boxeador en el ring es un crimen espectacular, carente de intimidad, en la que los espectadores, y todo el mundillo que vive del ring, son meros cómplices. Esto no alcanza a explicar la pasión por eso de que dos homínidos del grupo dominante –y sobreviviente– se tomen a golpes de puño de la cintura para arriba. O la pasión que los mismos sienten por una oreja cercana del rival. Golpes de manos y canibalismo. Es que era inevitable, en algún ejemplar de tal tribu (Tyson) debía darse la conjunción más primitiva de nuestro origen, al que lejos de todo eufemismo denominamos como humano: destruir al otro para convertirlo en alimento. Leer Más »

14
dic
Carolina-Lozada-Foto

Boxeador cadáver de su propia mano

Carolina Lozada (Venezuela)

La imagen podría ser usada en contra de mis padres: una niña en medio de la algarabía de un grupo de hombres mirando una pelea de boxeo en horario nocturno, pero no hay pruebas gráficas, todas están en mi cabeza, en el habitado rincón de los recuerdos. A pesar del tiempo, tengo fresca la voz del narrador; era sobria, grave y, en los momentos decisivos, contundente. El locutor se llamaba Delio Amado León, un hombre que tenía aspecto de actor en los tiempos dorados del cine mexicano, y era junto a Aly Khan (el narrador hípico más popular del país), una voz casi institucional en Venezuela. No sé qué morbo salvaje me incitaba a mirar entusiasmada cómo dos hombres de torsos sudados se caían a golpes a extremos de la desfiguración del rostro del otro. No creo en la incólume inocencia infantil, he visto niños derretir cera de vela sobre campamentos de hormigas, he visto a un carita de ángel apretar con fuerza los ojos de un pequeño caracol y hasta supe de una niña que arremetió contra la vida de un sapo, piedra reposada sobre su cabeza; adiós, sapo, que te apagaste. Tal vez sean formas de justificar mi morbo prematuro, pero creo que siempre esperaba que se produjera en las peleas de boxeo el conteo final frente al contrincante tumbado en la arena del ring, para mí la parte más emocionante, pero esto no siempre ocurría; entonces había que esperar la decisión final de los jueces basada en los puños propinados en cada asalto, unas esmeradas reglas que refinan la pelea concediéndole a los ganchos, zurdazos y derechas categoría de técnica y estrategia. Sí, con el conteo de los últimos segundos estoy justificando mi interés por ver cómo se parten la cara dos hombres con guantes. Ese gusto se lo achaco a la emoción de la última oportunidad, a esa escabrosa frontera entre el glorioso triunfo o la estruendosa derrota, Y pensar que soportaba todo el pugilato sólo para ver a Rocky levantándose en el último segundo con el rostro hinchado y los ojos casi cerrados y la banda sonora en el fondo. Así es como funciona el sueño americano en las películas. Pero en la vida real no siempre los golpeados se levantan. Leer Más »

14
dic
Er-Luis

En busca de Arthur Cravan

Luis Moreno Villamediana (Venezuela)

Esa noche fui a comer con Martine donde musiú Jourdan, en el 10 de la rue des Bons-Enfants, porque me atrajo el aviso que leí en una revista:

¿Dónde se encuentran

            los POETAS…

                        los CHULOS…

                                    los BOXEADORES… ?

                        Chez Jourdan

                        RESTAURATEUR

Yo escribía versos cada tanto, muy malos pero muy entusiastas. Al menos a Martine le gustaban. Más le valía. Si se hubiera burlado al leerlos le habría puesto un ojo—el derecho, amarillento—morado. Pero el fervor de Martine no me volvía poeta y mi impulso violento no me hacía boxeador. Martine era mi puta, hay que decir. Pues eso: fuimos a cenar a ese lugar porque yo, Ferdinand de la Croisselle-Buvard, era un chulo elegante.

 

¿Y allí conoció al señor Cravan?

Fue en el restaurante, claro. Ya usted debe saber que el fulano anuncio aparecía algo cambiado en cada número de Maintenant. La revista de Cravan, usted sabe. Leer Más »