Saltar al contenido.
4

Presentación

Las Malas Juntas: la expresión parece una categoría aristotélica que se le hubiera escapado a Aristóteles, lo que sin embargo no la vuelve platónica, porque también se le escapó a Platón. No sabemos qué lugar podría ocupar ese sintagma en la República, pero se nos ocurre que en la Poética debería estar justo después de esta sentencia: “De tal modo, los hechos y el argumento son el fin de la tragedia, y el fin es lo más importante, sin duda” (1450a). La frase perdida debería leerse así: “No obstante, cuando una abuela sugiera que las personas con quienes nos agrupamos se definen como malas juntas, debe saberse que en tal reparo el mito se presenta como hecho; por eso hacerle caso a todo consejo de ruptura es más bien el comienzo de la tragedia”. Nosotros imaginamos por un instante lo que hubiera podido ser la separación de Carolina Lozada, Víctor Azuaje, Luis Moreno Villamediana, Gustavo Solórzano Alfaro y Gustavo Valle, y el cuadro resultante fue doloroso e ingrato. Por eso decidimos hacer de un posible consejo de ruptura un consejo editorial.

Ese consejo es una reunión de las de ahora: sin secretarias ni secretarios, sin actas, sin anatomías probadas—hasta hemos evitado mostrarnos las fotos personales para no tener que comentar sobre las orejas de uno o el peso de otro. Lo mejor de todo es que el nuestro es un consejo sin consejo: así eliminamos las posibilidades de cualquier exhortación, pedagogía, reprimenda o ultimátum. Preferimos mantener las malas juntas con todas sus perversidades y desvíos.

En el plano de la escritura—que, como todos saben, no carece de torsiones, montículos y curvas—, hemos optado por la general combinación de lo que apenas entrevemos y aquello que ignoramos. Quizá pocos lo crean, pero a estas alturas nadie sabe sobre qué escribirán sus compañeros. Eso supone esperar cualquier cosa: la asamblea de un poema con un cuento con una crónica con una recensión con una posdata con una tesis corta con una interjección con un ensayo con una carta con un monólogo interior con un teléfono…, apunta, no se dude, al ensanchamiento de las malas juntas en libertad de asociación. Por lo tanto, podemos declarar que este proyecto viene protegido por la constitución de variados países, de manera que cualquier tacha que pudiera derivarse de nuestro sobrenombre queda purificada.

Las malas juntas pueden ser malas en el universo de un Papa medieval y de distintos padrinos y madrinas, pero vienen absueltas por los reglamentos y los codicilos, por las teorías de muchos filósofos—que quizá no crean en lo inefable, pero cuyos nombres preferimos callar por razones de espacio—, por la práctica de otros que se reunieron para charlar, comerciar con cigarros, abominar del clima, la zoofilia o la virtud, escribir un manifiesto en vez de una presentación (pobres de ellos), componer a cuatro, seis, ocho, doce, veinticinco manos (no todos son ambidiestros), tocar la guitarra y el piano, montar Fuenteovejuna, desmontar una pieza de Beckett, remontar la cuesta de un Sísifo moderno, o, simplemente, planear una revista. Nosotros, los abajo suscritos, en pleno uso de nuestras facultades mentales, y físicas tal vez, ciertamente llegamos a concebir la producción de una tragedia (el Rey Lear, se asomó), pero esa acción requería una coincidencia corporal que debimos descartar por los altos precios de los boletos en avión. Coincidir en Argentina, Costa Rica, Estados Unidos o Venezuela era algo complicado; sabiamente, decidimos que el drama era mejor convertirlo en comedia: todavía se recuerdan las carcajadas que de Buenos Aires a Nueva York, pasando en su viaje por Mérida y Alajuela, resonaron en los tímpanos de todos cuando el I Ching nos recomendó editar una revista en línea. Múltiples conversaciones aclararon lo que era una revista y lo que significaba “en línea”.

Ahora nos damos cuenta del tremendo beneficio de tal decisión: publicar Las Malas Juntas nos exime de la obligación de comentar qué puntiagudas son las orejas de uno y qué redonda la barriga de otro. Otras mercedes derivadas de una revista en línea: cada quien paga por su café y sus mañas, las duchas son opcionales (pero recomendadas, que no se piense mal), la plata del boleto aéreo puede usarse justamente en café y otras mañas (y también en jabón, que no se crea que somos cochinos), la impuntualidad se vuelve tolerable (la frase: “yo pensé que había que entregar la colaboración a las cinco de la tarde de Phnom Penh”, por ejemplo, quizá sea larga pero puede ser lícita), quizá nos lea más gente (tenemos vanidad, ¡quién lo hubiera creído!).

Todo eso lo justifica todo; o mejor, casi todo (no apoyamos los crímenes de lesa humanidad).

Los abajo suscritos.

4 comentarios
  1. Junior Aquiles Linares
    jun 13 2011

    gran manifiesto.excelente (por ocurrente y esclarecedora) pagina.

  2. dic 6 2011

    Apenas y entro en la cocina de esta casa (qué mejor lugar) para conocerlos (si a alguien he de agradecer es a @NolanRada y su actividad en Twitter).
    Pero ya la denominación de la que parten se me hace harto conocida, por demás con la intención de voltearla a conveniencia, para muestra un botón (en lo que debería convertirse, efectivamente, el vínculo que sigue): http://flic.kr/p/83uW85
    Seguiré con la lectura, que es a lo que supongo apunta llenar el gusanillo del ego.
    Veremos si vuelvo a dejar apreciaciones entre estas líneas,
    joC

  3. juan
    jun 4 2012

    que vaina tan rebuscada!!!!!

  4. Riolama
    nov 10 2012

    Observo con beneplácito que comparto algunas de sus malas juntas, o sus malas juntas también son mías, en concecuencia, esta torcedura se pone tan buena que pareciera cosa de masoquistas, por eso que lo que debería doler a nosotros nos encanta

Los comentarios están cerrados.

%d personas les gusta esto: